TOP 10 MEJORES IMÁGENES DE GABRIEL DE 2019

A tan sólo unas horas para que comience la cuenta atrás para el despegue de 2020 he querido hacer un pequeño homenaje a las cuentas de Bookstagram que han publicado las mejores imágenes de “Gabriel” ( primera parte de la trilogía Inger) a lo largo de este 2019. Ha sido un año lleno de emociones, de sueños cumplidos, de palabras de apoyo y admiración hacia este complejo y mágico trabajo de “escritor profesional”. Gracias a presentaciones, ferias y firmas de libros he podido conocer a otros magníficos escritores que me han ayudado a crecer profesional y personalmente y a increíbles lectores que han querido conocer a mis retoños literarios y a la autora que con tanto cariño les ha dado la vida.

Esta es una selección personal de las imágenes que más me han llegado al corazón de todas las que habéis ido publicando durante este año que hoy termina, espero que sea de vuestro agrado:

10. @loslibrosdejuliet. Una cuenta de Instagram preciosa en todos los sentidos, tanto por sus imágenes, como por lo completas que son sus reseñas. Gracias Judith por querer conocer a Gabriel y a Sofía … y, como no,  por esta hermosa foto.

Los libros de Juliet

9. @marcapáginasvi . Una cuenta en la que Victoria nos muestra los marcapáginas de los libros que más hondo han calado en su corazón, aquellos de los que ha necesitado hacer un marcapáginas pintado a mano con acuarelas. No me digáis que el de Gabriel no es precioso.

IMG_20191231_114735

8. @novelasyaparte Una cuenta sobre libros muy interesante en la que la foto de Gabriel no podía ser más apropiada; y no sólo por su lado romántico, sino por el detalle que Gabriel tiene con Sofía en Peles (los que ya la habéis leído sabéis de lo que hablo). 

IMG_20191219_162358_506

7. @amantesliterarias. La cuenta de Instagram que muchos conocéis también por su intensa labor como Youtubers ( hablando de libros, por supuesto). Nota sobresaliente a esta bella foto. 

Gabriel: amantes literarias

6. @adelareads. Un cuenta sobre libros muy trabajada, donde Adela opta por vídeo-reseñas muy completas e interesantes. No me digáis que la foto de mi Sofía y, sobre todo, de mi Gabriel no son súper acertadas.

IMG_20191122_143756_042

5. @davidleelibros. Un importante Booktuber sevillano cuya cuenta de Instagram también tiene numerosos seguidores. No sólo tenemos foto de “Gabriel” hay todo un vídeo de casi 20 minutos de duración reseñando y recomendando la novela en Youtube. Este es el primer fotograma de su magnífico vídeo:

screenshot_2019-12-31-13-35-30-244_com.instagram.android.jpg

4. @literaturamagic. De nuevo una bookstagramer con miles de seguidores que me hizo el regalazo del año : un booktráiler de Gabriel que podéis ver completo en el siguiente enlace:

Booktráiler GABRIEL Literatura MágicaGabriel Literatura Mágica

3. @elbaúldeloscolores. Un montaje mágico de lo más maravilloso que han visto mis ojos. Si queréis conocer una cuenta que es pura pasión literaria, no dejéis de seguir en Instagram a la maravillosa Aránzazu.

Gabriel Bául de los colores

 

2. @lalibreriadesandra. Y qué me decís de esta pedazo de foto ¿Se merece o no la plata del Top 10? Por no hablar de lo profesional, profunda y trabajadísima que es la cuenta de Sandra.

Gabriel la Librería de Sandra

1.@ariencilla. Ana tiene una de las cuentas más hermosas de todo Instagram, si no que se lo pregunten a los 42 mil seguidores. Oro para tí, preciosa.

ariencilla

 

 

 

 

 

EL TIPO DEL ABRIGO GRIS. Primeros capítulos.

(Trilogía Inger. Segunda parte). Sólo uno de los dos sobrevivirá.

PRÓLOGO DE GABRIEL:

Estar vivo significa estar preparado, mantenerte alerta y no dar nada por hecho. Mihai Ivanov, o como yo solía llamarle antes de conocer su nombre, EL TIPO DEL ABRIGO GRIS, no era de esas personas que olvidan o perdonan. Y conmigo tampoco iba a ser diferente.

PRÓLOGO DE SOFÍA:

De todos los espíritus malignos que vagan por la zona de los Cárpatos, el de Mihai Ivanov era, con total seguridad, el más peligroso.  Aun así, hubiera deseado que nuestro primer encuentro se produjese mientras todavía carecía de su cuerpo, y no después de haberlo recuperado; tal y como sucedió en el verano más aterrador de toda mi vida.

Capítulo 1.   La llamada.

Ver aparecer en la pantalla de mi televisor al tipo del abrigo gris y descubrir al mismo tiempo, que además de ser uno de los capos más peligrosos de la mafia moldava, había logrado despertar del coma y escaparse del hospital, no resultaba nada alentador. Nuestro último encuentro había sido un tanto incómodo: yo necesitaba recuperar mi energía para recobrar mi cuerpo, y él era el único individuo que conocía que podía proporcionármela. Cuando logré arrebatarle parte de su vigor me sentía absolutamente triunfal; al ver en el informativo quién era realmente y saber que estaba suelto de nuevo, ya no estaba tan seguro de ser el vencedor definitivo de nuestra guerra.

Mantenerme alerta en todo momento era crucial si Mihai Ivanov, para mí el tipo del abrigo gris quería “charlar” conmigo sobre nuestro último encuentro. No podía bajar la guardia, pues desconocía cuáles serían sus movimientos a partir de entonces, y no debía despistarme un sólo segundo, hasta que tuviera la certeza de que le habían detenido. Tenía la enorme suerte de contar con Azor, un perro con un evidente sexto sentido para detectar a seres despreciables, pero también el gran inconveniente de no haberle contado a Sofía cómo había recuperado mi energía. Sofía merecía vivir en paz: jamás debía saber nada de todo lo acontecido con el tipo del abrigo gris, y mucho menos, de su verdadera identidad. Protegerla de semejante individuo se había convertido en mi prioridad más absoluta.

Durante el resto del mes de junio, Sofía y yo estuvimos juntos todo lo posible. Gracias al director de su instituto, pudimos disfrutar de la piscina, de la montaña y de largos paseos por Predeal. Sin embargo, ninguna de esas cosas resultó tan apacible y hermosa como había imaginado: Mihai Ivanov no dejaba de aparecer en las noticias, por de mantener en jaque a toda la policía internacional, como tampoco dejaba de aparecer en mis pensamientos.

El domingo cuatro de julio me desperté sobresaltado. Como venía sucediendo desde hacía dos semanas, no lograba apartar de mi mente la terrible idea de que Ivanov vendría a buscarme para ajustar cuentas. El hecho de que la policía le hubiera perdido la pista en Serbia no significaba que no estuviera en Rumanía otra vez; alguien como él resulta tan escurridizo como las escaleras de las casas de Predeal cuando comienzan a desaparecer los vestigios invernales. Me incorporé de la cama, me puse las zapatillas y fui a lavarme la cara con agua fría. Después le envíe a Sofía un mensaje de buenos días, que contestó de inmediato con la misma frase, acompañado del emoticono que lanza besos en forma de corazón.

Cuando me disponía a desayunar, tras coger mi tazón de cereales del armario y la leche de la nevera, el teléfono fijo, que estaba en el salón comenzó a sonar. Eran aproximadamente las once de la mañana.

– ¿Dígame? – pregunté.

– ¿Es la casa de Gabriel Jercan? –preguntó a su vez la voz que estaba al otro lado del teléfono.

– Si, aquí es. Soy yo ¿Puede decirme que quería?

– No estoy seguro –respondió entre risitas.

– ¿Perdone? –inquirí algo ofendido. Si quería burlarse de mí no había escogido un buen día.

– ¿Hay alguien más en casa? – dijo sin aclarar nada sobre su absurda afirmación anterior.

– Lo siento, tengo que colgar –contesté para pararle los pies.

– Yo que tú no haría eso –afirmó tajante.

En ese momento me di cuenta de algo que estaba rondando mi subconsciente, pero que no había querido dejar aflorar: quizá la persona que había al otro lado de la línea era Ivanov.

– Eres Mijai Ivanov, ¿no? – pregunté procurando ocultar el miedo que atenazaba mi cuerpo.

– Chico listo –aseveró volviendo a su diversión anterior.

– No creo que tenga nada que hablar contigo –dije en un absurdo intento de que colgara y me dejara en paz.

– No estés tan seguro de eso, imbécil. Me debes una, y lo sabes –respondió regresando a su habitual cariño hacia mí, que tanto me encandilaba.

– No te debo nada – aseguré procurando disimular que estaba asustado.

– Casi me muero por tu culpa, chico. No te hagas el idiota, que me cabreas.

– Sólo recuperé lo que me pertenecía. Tú me enseñaste cómo hacerlo –repliqué enojado.

– Vale, vale. Dejemos lo pasado atrás. Necesito dinero. La policía tiene la fea costumbre de culparme de todo lo que hacen otros. No sé si has visto las noticias últimamente.

– Sí, lo he hecho.

– Entonces verás que tengo razón. Pero ¿sabes? No se puede viajar constantemente si no dispones de mucha pasta. Y resulta, que la que tengo se me está acabando.

– Ese no es mi problema –dije con la pretensión de mantenerme firme, y lo más alejado posible de Ivanov.

– Bueno, ya me lo dirás cuando te haga una visita –replicó antes de colgar el teléfono.

Tardé al menos un minuto en poder colocar el auricular en su sitio. El shock que me había producido la llamada de Ivanov era bastante considerable, a pesar de ser un hecho que había estado esperando desde hacía días.

Al despertar de mi sopor, decidí, después de tomarme un vaso de agua, que poseer toda la información posible sobre Ivanov era mucho más urgente que desayunar. De modo que fui a mi habitación y abrí el portátil en busca de cualquier cosa que me ayudara a defenderme de semejante espécimen; ya que, si algo tenía claro, era que nada de lo que averiguara del tipo del abrigo gris iba a resultar alentador.

Si algo hay positivo en la Era de Internet, es que puedes encontrar información fácilmente de casi todo el mundo, sin tener que buscar demasiado. Otra cosa muy distinta, es que esa información sea buena. Como suele decir mi padre, el noventa y cinco por ciento de la información que aparece en Internet sobre una persona la ha proporcionado él mismo; el caso de Ivanov no era distinto, salvo en un pequeño detalle: no lo había hecho de forma voluntaria.

Tecleando los términos “Mihai Ivanov” en Internet encontré una información nada halagüeña:

25 de octubre de 2015. Diario on-line Cotidianul:

EL NARCOTRAFICANTE MOLDAVO MIHAI IVANOV EN BUSCA Y CAPTURA POR MATAR A GEORGE CANTALESCU.

El integrante del crimen organizado moldavo, Mihai Ivanov, se encuentra desde ayer en busca y captura por el asesinato del narcotraficante George Cantalescu. Cantalescu, buscado por la policía desde 2012 por tráfico ilegal de estupefacientes en la frontera entre Moldavia y Ucrania, fue encontrado ayer por la policía moldava en las inmediaciones del Parque Pobeda de Tiráspol, en Moldavia. Al parecer, la causa de la muerte fueron dos disparos, uno en el pecho y el otro en la cabeza.

Mihai Ivanov, más conocido como “El Crápula de Balti”, se hizo famoso en nuestro país por el terrible suceso de Bacau de 2013, en el que la Policía Nacional rumana logró liberar a ocho mujeres de un piso donde eran explotadas sexualmente y obligadas a consumir cocaína, en unas condiciones inhumanas. La policía logró identificar a Ivanov como uno de los responsables de la trata de estas mujeres, entre las que se encontraban tres jóvenes de nacionalidad rumana.

Mihai Ivanov es el principal sospechoso del asesinato, ya que la policía nacional moldava ha encontrado pruebas que le apuntarían como presunto autor del crimen.  

Hasta el momento, se desconoce el posible paradero de Ivanov, pero la policía moldava ha desplegado un importante dispositivo, con más de 200 policías repartidos por todo el territorio moldavo, para evitar que abandone la frontera de Moldavia y entre en Ucrania, o en nuestro país.

Perfecto.

28 de noviembre de 2015. Diario on-line Adevarul:

DETENIDO UN CIUDADANO RUMANO AL SER CONFUNDIDO CON MIHAI IVANOV. 

Un ciudadano rumano de unos cuarenta años ha sido detenido esta mañana en el aeropuerto Otopeni de Bucarest, al ser confundido con el narcotraficante y proxeneta moldavo Mihai Ivanov, quien se encontraba en busca y captura desde el pasado 25 de octubre, por ser el principal sospechoso de la muerte de George Cantalescu. 

Aunque la detención oficial no ha llegado a producirse, sí que han retenido durante más de veinte minutos a este ciudadano, cuya identidad se mantendrá oculta por seguridad. El personal de seguridad del aeropuerto, al creer que se podía tratar de Ivanov, debido al gran parecido físico entre este hombre y “El crápula de Balti”, unido a la posibilidad de que hubiera falsificado los datos de su documentación para poder viajar, ha decidido mantenerlo retenido hasta que llegaran refuerzos de la Policía Nacional.

Finalmente, se ha identificado correctamente a este ciudadano y se ha procedido a su puesta en libertad, no sin antes pedirle disculpas por el malentendido. Según afirma la Policía Nacional, el hombre no presentará ninguna denuncia por los hechos, ya que ha comprendido que se trataba de una medida de seguridad necesaria por la peligrosidad que entraña que Ivanov permanezca todavía en paradero desconocido.

Perfecto.

14 de mayo de 2017. Diario on-line Jurnalul National:

LA POLICÍA NACIONAL MOLDAVA RESCATA DE UN PISO CLANDESTINO A SEIS MUJERES QUE ESTABAN SIENDO PROSTITUIDAS CONTRA SU VOLUNTAD.

 Seis jóvenes de entre diecinueve y veinticinco años fueron encontradas ayer en un piso de las afueras de Falesti donde eran obligadas a ejercer la prostitución bajo amenazas de muerte, tanto a ellas como a sus familiares.

La policía encontró el piso gracias a que una de las chicas secuestradas, de veintiún años, pudo dar la voz de alarma al hacerse de forma fortuita con el teléfono móvil de uno de los clientes. Cuando fueron rescatadas por la policía, explicaron que llevaban más ocho meses recluidas en la vivienda en condiciones insalubres y que eran drogadas habitualmente por sus captores.

Otra de las mujeres rescatadas por la policía apunta a la organización criminal liderada por Mijai Ivanov, más conocido como “El crápula de Balti” como responsable de su secuestro y de su trato como esclavas sexuales.

Mihai Ivanov se encuentra en paradero desconocido desde octubre de 2015, cuando la policía decretó busca y captura para él por el asesinato de George Cantalescu.

Las seis mujeres han sido trasladadas a un centro hospitalario para su recuperación, donde serán vigiladas constantemente por agentes de seguridad hasta que se produzca su alta médica. Después, pasarán a formar parte del programa de testigos protegidos…

Prefiero no seguir leyendo.

Dejé el portátil sobre la mesa, y me fui a intentar comer algo para no desmayarme. Evidentemente mi mareo no estaba causado por el hambre, sino por el terror cada vez más atroz que me infundía Ivanov y la posibilidad de que pudiera acercarse a mi familia o a Sofía.

CAPÍTULO 2. Haré lo que sea necesario para protegerte.

Debía tomar una decisión cuanto antes, una decisión que pusiera a salvo a Sofía y a mi familia del asqueroso tipo del abrigo gris. Lo único que tenía claro entonces era que Ivanov había averiguado dónde estaba mi casa, por lo que la decisión a tomar pasaba irremediablemente por alejarme lo máximo posible de ella. Pero ¿a dónde? Y, ¿con qué excusa creíble en pleno mes de julio? Mis padres no aceptarían por las buenas que me fuera de casa, después de haberme recuperado tan recientemente. Y Sofía… Sofía no iba a estar dispuesta a separarse de mí sin pedir explicaciones, explicaciones que ni siquiera tenía el valor de darle, después de todo lo que había sufrido por mi culpa. Necesitaba idear un plan urgente, y para ello precisaba la soledad de mi cuarto. Sin embargo, Sofía tenía otros planes para nosotros ese día y no tardó en enviarme una proposición al móvil en forma de mensaje:

“Podíamos ir hoy a la piscina. ¿Qué te parece?”

“Había pensado quedarme a estudiar”– contesté.

“¿Hoy?”

“Si, no quiero que se me pase todo el verano sin hacer nada” –aseguré.

Ni siquiera a mí me parecía convincente, pero fue lo primero que se me ocurrió escribir

“Vale cielo, entonces me voy con mis amigas y cuando vuelva te escribo, por si quieres ir a tomar un helado”. – respondió comprensiva.

No esperaba esa respuesta de Sofía, pero si algo me gustaba de ella era precisamente eso: jamás anteponía sus necesidades a las mías, si con ello podía perjudicarme en algo. Su cariño y respeto por mí pasaban por aceptar sin reticencias que los estudios siempre debían tener prioridad.

Agradeciendo enormemente que me diera un respiro cuando más lo necesitaba, contesté con un simple Ok a su mensaje para poder centrarme en lo que debía: pensar en una estrategia que me sacara de mi casa por un período de tiempo indefinido y hacerlo ese mismo día.

Azor, que siempre solía acompañarme a todas partes cuando ambos estábamos dentro de casa, estaba sentado delante de la puerta de salida, mirando hacia fuera. Cuando quería salir a la calle para hacer sus necesidades, se movía nervioso delante de la puerta en un claro mensaje de “no puedo aguantar más, sácame por favor”. Pero ese día, aunque aún no habíamos salido, a causa de la llamada que había descolocado todo mi mundo en un instante, permanecía sereno, con la mirada fija en la puerta, y sentado frente a ella, a la espera de algo, o más bien de alguien, que no le inspiraba ninguna confianza. Azor tenía claro que el tipo del abrigo gris iba a venir a buscarme a mi casa. Después de varios intentos de que saliera a la calle conmigo, sintiéndome culpable por no haberle sacado antes y, sobre todo, por haberlo convertido en un perro guardián sin desearlo, logré que viniera conmigo para vaciar su vejiga y su intestino cerca de un árbol situado enfrente de mi hogar. En cuanto hubo terminado, volvió solo a casa rápidamente, no sin antes comprobar que yo le seguía. Sin duda, estaba alerta, lo que resultaba negativo en cierto sentido, pero muy positivo en otro: el tipo del abrigo gris no se acercaría a mi casa sin que yo me enterase con el tiempo suficiente como para poder reaccionar.

Subí a mi habitación y cogí un cuaderno y un bolígrafo y me puse a pintar garabatos; sí, pinté garabatos, aunque en realidad quisiera trazar un plan perfecto, un plan que pasara por alejarme de las personas que más quería en el mundo, a cambio de poner sus vidas a salvo.

Después de unos pocos minutos, que se me antojaron eternos, con la mirada fija en mis trofeos de judo, se me ocurrió que, quizá, la propuesta que me habían hecho el verano anterior para ir a Bucarest a impartir unas clases de judo a chicos y chicas de entre doce y quince años, podría convertirse en una posible coartada: la primera semana de julio del año 2017, uno de los profesores que me enseñaban técnicas me había ofrecido dar clases a adolescentes durante el período estival para preparar a los que más destacaban para las competiciones profesionales de otoño. En el fondo, no era una mala idea, pues mi padre apoyaría todo lo que tuviera que ver con practicar su deporte favorito y, sobre todo, con ganar dinero por mis propios medios. Con respecto a mi madre, la cuestión de relegar mis estudios se convertiría en la más peliaguda; pero la de marcharme lejos de Sofía era, con diferencia, la más difícil de llevar a cabo. ¿Cómo iba a decirle a ella que había decidido irme a pasar el verano a Bucarest, sabiendo que no disponía de carné para poder venir cuando quisiera? Lo planteara como lo plantease, seguiría sonando horrible:

– Sofía cielo, me ha llamado uno de mis profesores de judo para ir a Bucarest a dar clases este verano, es lo que siempre he querido…

Horrible.

– Sofía, tengo una buena noticia: quieren que vaya a Bucarest todo el verano para dar clases de judo a…

Horrible.

– Estoy pensando en ir a Bucarest a dar clases de judo, me han hecho una propuesta muy buena hoy y…

Horrible. Horrible y terrible.

– ¿Qué te parece si voy este verano a dar clases de judo a Bucarest, me han hecho una propuesta estupenda…

No puedo preguntar, no puedo darle opciones… Mejor me voy a beber agua, o a echármela por la cabeza.

Bajé a por un vaso de agua a la cocina, confiando en que el agua arrojase algo de claridad a mis ideas. Tenía que decirle a Sofía que me marchaba lejos de ella todo el verano, después de todo lo que habíamos pasado por mi causa, sin parecer un estúpido, desagradecido o indiferente. Poner a Sofía y a mi familia a salvo era prioritario, pero no podía dejar de preocuparme por su reacción ante la noticia de mi ausencia, después de saber que había tenido que pasar semanas ingresada en un hospital tras nuestra última y única discusión en la arboleda. Sin embargo, también era cierto que todo había cambiado, al menos en apariencia, pues el temor a que yo dejara de existir de un momento a otro ya no formaba parte de las principales preocupaciones de mi amor. Yo no podía decir lo mismo.

Miré la hora en mi teléfono móvil y era más de la una de la tarde, más de la una, y aún no había decidido cómo decirle a Sofía que me iba, y lo peor de todo, no había organizado nada para poder marcharme cuando antes. Determiné ponerme a recoger lo más necesario, y pensar mientras tanto lo que iba a decirles a las tres personas que más quería en el mundo.

Mientras metía algo de ropa en la maleta, me percaté de que tenía que llamar al profesor de judo que me había ofrecido el verano anterior ir a Bucarest a impartir clases, ya que, una vez que saliera de mi casa en dirección a la capital, necesitaba contar con un cómplice que me ayudara con mi coartada.  De modo que descolgué el teléfono y le expliqué a Dan que precisaba un poco de colaboración por su parte para poder ausentarme de mi casa durante un tiempo. Estuvo de acuerdo, supuse que, porque había intuido algo más de lo que yo había querido explicarle, pues me dijo: “No te preocupes, cuenta conmigo, pero ten mucho cuidado”. Sólo quedaba… la peor parte.

A las cuatro y media de la tarde recibí un mensaje de Sofía en mi móvil, que decía que ya estaban saliendo de la piscina y que si me apetecía quedar a las cinco para ir a tomarnos el helado. Se me había pasado más de medio día sin haber sido capaz de dilucidar algo convincente y tampoco había comido. Azor me miraba preocupado, pues su sexto sentido llegaba mucho más allá de vigilar mi seguridad: estaba angustiado porque sabía que me iba a marchar, pero no estaba seguro de si había planeado que viniera conmigo.

– Lo siento chico, me encantaría que vinieras conmigo, es más, me sentiría mucho más seguro, pero si no te quedas aquí, no podrás proteger a Sofía. Es muy buena, te va a encantar, ya lo verás.

Creo que Azor me entendió perfectamente, pues comenzó a mover el rabo y bajó la cabeza en un gesto que se me antojó de asentimiento. Menos mal que tenía a Azor para ayudarme.

Contesté el mensaje de Sofía diciendo que era una idea estupenda y que nos veríamos a las cinco en la puerta de la heladería “Dulce e intenso”. Cuanto antes le dijera que me marchaba, antes la pondría a salvo.

Sofía hizo su aparición por la calle Marasesti a las cinco en punto: saber que todos los días sentía la misma impaciencia por que estuviéramos juntos pesaba sobre mi conciencia como una losa.

– Hola, ángel– me dijo con su preciosa y cautivadora sonrisa. Después me dio un cálido beso en los labios.

– Hola preciosa– respondí ….

– ¿Te pasa algo? – preguntó enseguida. Lo mío nunca había sido fingir normalidad cuando estaba preocupado.

– Es que tengo que decirte algo. No quiero parecer egoísta, pero es una oportunidad importante para mí y me gustaría que lo entendieras…

– Si me dices lo que tengo que entender, quizá lo entienda ¿no?

– Sí, perdona. Me voy por las ramas. La verdad es que no sé cómo decírtelo.

– Deberías confiar en mí, no tener miedo a mis reacciones– aseguró para recordarme que podía contar con ella. Sus palabras me hicieron sentir estúpido, siempre había sido comprensiva, pero…

– De acuerdo. Quiero irme este verano a dar clases de judo… a Bucarest.

– Me parece bien, ¿por qué no me iba a parecer bien?

– Es que tendría que quedarme allí todo el verano, porque sería absurdo ir y venir cada día, ¿entiendes?

– Entiendo –dijo con una expresión algo dura en su rostro.

– Quería saber qué te parece y si estás de acuerdo.

Acababa de darle la oportunidad de decidir conmigo, justo lo que no debería haber hecho. Menudo idiota.

– ¿Por qué no iba a estarlo? Si tú quieres ir, entonces vete.

– ¿No te importa? – pregunté siguiendo en mi línea del absurdo, sin casi darme cuenta.

– Bueno, está claro que quieres irte. Si lo que te preocupa es que yo me enfade, es que aún no me conoces lo suficiente. No me encanta la idea de que nos veamos menos, pero ya nos apañaremos para vernos, cielo.

Menos mal que la tengo a ella. Pensé.

– Gracias, Sofía– dije dándole un abrazo.

Había conseguido escalar el Everest en tiempo récord y, sin embargo, no me sentía victorioso. Todo estaba sucediendo tal y como necesitaba, pero no podía evitar pensar que estaba dejando a Sofía desprotegida.

Entramos en la heladería, y nos sentamos en una de las mesas del fondo. Ella se tomó un helado de menta con chocolate y yo uno de chocolate negro. No volvimos a mencionar el tema de mi marcha a Bucarest, cosa que agradecí enormemente, dada mi cándida propensión a meter la pata al respecto; ni tampoco le hablé acerca de mi idea de que ella se quedara con Azor mientras yo estuviera en Bucarest.

Después de dejar a Sofía en su casa, regresé a la mía para terminar de recoger mis pertenencias y explicarles a mis padres que me marchaba a Bucarest.

Mi madre llegó a casa sobre las ocho de la tarde, una hora bastante habitual para ella. Cuando me vio guardando mi ropa en la maleta se quedó sorprendida:

– ¿Qué haces hijo?, digo ¡Hola! ¿Qué haces hijo?

– Me ha llamado Dan para que vaya a dar clases de judo a Bucarest. Me pagan muy bien y he pensado que sería bueno retomar el deporte. No me ha dado tiempo a llamarte –añadí a modo de disculpa.

– No te preocupes, me parece genial, pero ¿tienes que irte ya?

– Quiero estar allí lo antes posible para buscar piso esta semana y poder empezar a impartir las clases –respondí sorprendiéndome a mí mismo por la habilidad con la que había conseguido inventar una coartada creíble.

– Vale, hijo, estupendo. Al menos te quedas a cenar, ¿no?

– Sí, claro, mamá. No quiero que se me olvide nada. Prefiero tener todo listo esta noche y salir mañana a primera hora de casa.

¡Oh, mierda! Quizá mañana sea demasiado tarde para marcharse. Espero que no.

– Voy a preparar una cena especial, entonces – aseveró mi madre dirigiéndose a la cocina. A ver si queda para hacer pimientos rellenos…

– Muchas gracias, mamá. Por la cena y por tu comprensión –agradecí.

– Me alegro de ver que tienes ganas de retomar tu vida – añadió– ¿Se lo has dicho ya a Sofía?

– Sí, mamá. Está de acuerdo en que me vaya. Me quiere mucho – dije aprovechando

– Cada vez me gusta más esa chica, hijo. Creo que has elegido bien.

– Gracias, mamá.

Mi madre y yo cenamos juntos los pimientos rellenos más sabrosos que había cocinado jamás, ya que mi padre se iba a demorar en llegar a casa. Después, subí a mi habitación para terminar de recoger, bajo la atenta mirada de Azor, todo lo que creía que iba a necesitar para dejar “sine die” a mis seres más queridos.

Capítulo 3.  Algo no va bien.

Cuando regresé a casa, después de tomar un helado con Gabriel, me sentía terriblemente mal. No quería decirle que no me había hecho ninguna gracia que pensara marcharse a pasar todo el verano a Bucarest, y que prefiriese dar clases de judo, a estar conmigo. Pero me pareció que estaba muy nervioso y no me encontré con fuerzas para darle una negativa.  Si quería marcharse y que pasáramos todo el verano separados, tenía que respetar su decisión. No la entendía, pero decidí respetarla: Gabriel necesitaba recuperar su vida anterior para sentirse vivo de nuevo, y poder practicar judo formaba una parte importante de ella.

Después de darme una ducha, que debería haber sido relajante, pero que no lo fue en absoluto, miré mi teléfono móvil con la absurda esperanza de que Gabriel cambiara de opinión y me dijera que se quedaba en Predeal conmigo; pero el teléfono no quiso darme esa satisfacción. Y Gabriel tampoco.  A veces, no decimos las cosas que realmente deseamos para no hacer daño a las personas que amamos, y nos olvidamos de que estamos haciendo sufrir a la persona que más deberíamos querer: nosotros mismos.

Sobre las ocho de la tarde, mi madre y mi hermana volvieron a casa y encontraron una Sofía molesta y dubitativa.

– ¿Qué pasa hija? – dijo mi madre, percatándose enseguida de mi estado de ánimo.

– Gabriel quiere irse todo el verano a Bucarest – contesté inmediatamente, sin darme cuenta de mi inocente sinceridad.

– ¿Por qué? –preguntó mi madre sorprendida.

– Quiere dar clases de judo a unos chicos- respondí intentando mantener la calma.

– No te preocupes hija, podrás ir a verle si estudias un poco todos los días – explicó mi madre en un intento de tranquilizarme, pero sin perder la oportunidad de recordarme que mi primera preocupación debían seguir siendo mis estudios. –Te llevaré en coche cuando quieras ir a verle, cielo –añadió con complicidad.

– Gracias, mamá. Ya está lista la cena – apostillé con la intención de zanjar la conversación y no decir algo que estropeara el buen transcurso de nuestra charla. La llegada de mi padre a casa contribuyó a mi victoria.

Esa noche tomamos una sopa de tripa, lo recuerdo porque me agradecí a mi misma el haber preparado algo que se pudiera ingerir sin demasiada dificultad. Después, Rebeca y yo quitamos los platos de la mesa y mi hermana se puso a fregar la vajilla, como hacía normalmente, en cumplimiento de su tarea nocturna. De ese modo, yo pude subir a mi habitación para realizar la llamada que estaba necesitando.

– Hola Gabriel, soy Sofía.

– Sí, lo sé –respondió con su habitual sarcasmo.

– ¿Ya tienes todo preparado? – pregunté en un intento de parecer amable.

– Casi –contestó sin demasiado interés–. Mañana a primera hora me marcho. Espero que me dé tiempo a pasar a despedirme– añadió.

– No se te ocurra irte sin pasar antes por mi casa– repliqué en aun arrebato de sinceridad.

– Tranquila, no lo iba a hacer– afirmó arrepentido por haberme asustado sin derecho. – Era sólo una broma estúpida, perdona– corroboró afligido.

– ¿Dónde te vas a quedar a dormir en Bucarest? –pregunté para averiguar lo que realmente me interesaba.

– Aún no lo sé. He pensado que buscaré piso cuando ya esté allí y pueda verlo; por eso quería irme a primera hora.

– ¿Qué es primera hora para ti? –inquirí preocupada.

– Tranquila, no me voy a ir a las siete de la mañana, a las siete y media estará bien – añadió volviendo a su actitud habitual.

– Perfecto –dije para fastidiarle– estaré despierta a las siete en punto y lista a las siete y treinta y uno.

– Ya no puedo tomarte el pelo ¿eh? – preguntó con una extraña mezcla entre diversión y decepción– Estaré sobre las nueve, pero te escribo Whats App para avisarte de que ya estoy en la puerta.

– Me parece bien. Buenas noches y que duermas bien. Ah, y no te vas a librar de mí tan fácilmente, mi madre puede llevarme a Bucarest cuando quiera.

– Ya lo sé. Sabes que te quiero y que valoro mucho que entiendas que no vamos a poder pasar tanto tiempo juntos como habíamos planeado, pero Dan es un buen amigo, y ya le había prometido ir a dar clases de judo a los chicos antes del accidente. Me necesita, y no quiero fallarle.

– Lo entiendo, de verdad. Sé que es importante para ti. Que sepas que no me he enfadado.

Aunque no sabría explicar porqué, cuando colgué el teléfono me sentía mucho más tranquila. Había demostrado ser egoísta, preocupándome en extremo por su marcha a Bucarest, y había olvidado por completo los días en los que suplicaba que Gabriel estuviese vivo, aunque fuera lejos de mí. Sin darme cuenta había caído en el error de creer que a partir de entonces ya nada malo podría pasarme y que todo iba a suceder tal y como yo quisiera. No verle todos los días, no significaba el fin del mundo. No tenerle tan cerca como había supuesto, tampoco era tan aterrador. Sin embargo, conocía a Gabriel lo suficiente como para saber que me ocultaba algo y que ese algo tenía que ver con su repentina marcha a Bucarest: Gabriel no se pondría tan nervioso sólo por irse un par de meses a vivir a unos kilómetros de mí.

A las siete de la mañana siguiente ya estaba despierta. Había puesto el despertador del móvil a las ocho, pero mis nervios no me permitieron descansar más horas. Había pasado una noche agitada, en la que mi mal presentimiento se había aliado con el temor a la despedida para no dejarme dormir tranquila. Me vestí con mis vaqueros blancos y una camisa verde, que pensaba que me favorecían, y me maquillé levemente, a la espera del recibir el mensaje de confirmación de que Gabriel ya estaba en la puerta de mi casa.

Antes de desayunar, sobre las siete y treinta y cinco de la mañana, se me ocurrió asomarme por la ventana para saber qué día iba a hacer, algo un tanto absurdo, teniendo en cuenta que estábamos a cinco de julio, y lo que vi me sorprendió ingratamente: el Audi de Gabriel ya estaba delante de mi puerta, aunque él no se encontraba dentro. Estaba segura de ello porque me sabía de memoria su matrícula: 0672 LPT. Decidí escribirle un mensaje de Whats App, para saber qué estaba ocurriendo:

“Hola, cielo, ¿has llegado ya a mi casa?”

“Estoy llegando” – respondió.

“Tu coche ya está en la puerta” – tecleé.

“Sí, es que pensaba que aún no estabas lista” –respondió él.

“Sí que lo estoy.”– aseguré.

“Sal si quieres, si no molestas a tu familia” – escribió Gabriel.

“No te preocupes, ya voy.”

Abrí la puerta de inmediato. Sin querer pensar en porqué Gabriel me habría mentido. Era la primera vez que lo hacía.  Mi ángel ya venía por mi calle, con cierta tensión en su rostro.

– Hola ¿ya estás listo para irte? – dije procurando aparentar indiferencia, ante su mentira, y, sobre todo, ante su marcha.

– Sí, no quería decirte que ya estaba en tu puerta para no meterte prisa – explicó de inmediato, sin que yo le hubiese mencionado nada al respecto. – He querido madrugar para no coger atasco. Ayer me dejé todo preparado para salir hoy directamente.

Su voz y sus gestos denotaban nerviosismo. No paraba de mirar el reloj del coche, y de controlar lo que sucedía dentro. Entonces me di cuenta del porqué: Azor estaba sobre la alfombrilla trasera izquierda, justo detrás del asiento del conductor, intentando salir.

– Creo que Azor quiere salir a hacer pis– dije en un intento de aliviar la tensión de ambos.

– Quiere quedarse contigo. Me lo ha dicho esta noche – respondió Gabriel en tono jocoso.

– ¿Quieres que yo me lo quede mientras estás en Bucarest?

– Es que no sé si me van a dejar tenerlo en el piso. Sólo si tus padres están de acuerdo, claro. – explicó mientras le abría la puerta del coche a Azor para que pudiera salir.

– Mi padre es guarda forestal, no te preocupes por eso –afirmé mientras Azor intentaba subirse a mi pierna.

– Ayer se me olvidó preguntártelo. Pero esta mañana he pensado que sería mejor que lo tengas tú. Mis padres pasan muchas horas fuera de casa todos los días.

– Sí, claro. No te preocupes. Yo me lo quedo encantada – aseguré tomando al pobre chucho en brazos. – Está claro que me quiere más que a ti –añadí para fastidiarle.

– Os vais a entender muy bien. Es un perro muy listo. Ya verás. Te he traído su cama y comida. Ah, y su cacharro de agua. Cuando te quedes sin comida me lo dices y te mando dinero para que le compres más.

– Vale no te preocupes, que no va a pasar hambre.

– Siempre está pidiendo comida de la nuestra. No pasa nada si le das de vez en cuando. Yo siempre le pongo un plato a él de lo mismo que como yo, pero si no quieres….

– Claro que sí, a partir de ahora cocinaré para cinco –aseguré sonriendo y abrazando a Azor.

– Tengo que irme ya, Sofía. Te quiero mucho – expresó afligido.

– Yo también. No te preocupes, que voy a ir a verte siempre que quieras, yo…

– Algunos días no tendré tiempo – interrumpió de inmediato –No es que no quiera, pero tendrás que avisarme con bastante antelación…

– Sí, tranquilo. Yo te aviso cuando pueda ir, no sea que no te venga bien…

– No es eso, es que no sé qué horarios voy a tener de clases, si se alargan algún día…

La conversación estaba ganando tensión por momentos. Algo no iba bien, pero no sabía qué.

– Tengo que irme ya, Sofía– repitió.

– Vale ¿Me das un abrazo? – pregunté conteniendo las lágrimas.

– Claro –respondió después de mirar a ambos lados de mi calle.

– ¿Pasa algo?

– No, me parecía haber oído un coche– respondió sin demasiada convicción.

Me acerqué a él, aún con Azor en mis brazos, con cierta sospecha en mi corazón y bastante temor en mi mente, para recibir el abrazo que ambos estábamos necesitando.

– Te quiero Sofía –repitió. Después depositó un tierno beso en mis labios.

– Yo también –aseguré– Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad?

– Lo sé…

– ¿Crees que no sabré cuidarme solita? –inquirí en un intento no muy inteligente de aliviar la tensión, mientras enjugaba mis lágrimas con el dorso de la mano.

– Claro que no. Estoy seguro de que sabes cuidarte muy bien. No llores Sofía, nos veremos muy pronto.

– Lo sé, pero no puedo evitar sentir cierta tristeza– expliqué procurando ocultar mi angustia. –Pensaba que pasaríamos juntos el verano, sólo es eso– continué con mi simulada despreocupación.

– Nos veremos antes de lo que crees, ya verás– reiteró.

Decidí no insistir más en el asunto, dado que Gabriel no estaba dispuesto a aclarar nada al respecto; sin embargo, sabía que no se podía tratar sólo de su traslado a Bucarest: a Gabriel le preocupaba algo.

No dimos un beso de nuevo, esta vez más apasionado, y después me concedió un abrazo muy sincero y sentido.

– Me voy ya, cielo. Te llamo en cuanto llegue.

– De acuerdo, que tengas buen viaje. Cuidaré muy bien de Sofía –añadí mientras movía la patita derecha del perro en señal de despedida. En ese momento Gabriel ya estaba dentro de su coche.

Mientras mi ángel arrancaba el coche, pasó por mi mente unos de los momentos más intensos que habíamos vivido juntos: cuando avanzábamos por el pasillo de la planta de comatosos del hospital, dispuestos a enfrentarnos juntos a la muerte.

Capítulo 4.   No se te ocurra acerarte a ella.

Mientras me alejaba de Sofía en mi coche no podía parar de pensar en que, quizá, esa fuera la última vez en mi vida que viera su rostro. Había pretendido ocultarle mi angustia y mi temor, sin el menor éxito: Sofía me conocía lo suficiente como para saber que algo no iba bien, y que no se trataba sólo de mi traslado temporal a Bucarest. ¿Cómo puedes ocultar algo así sin que se note? ¿Cómo puedes mentir a la persona que más quieres y no sentirte mal? Y lo peor de todo ¿Cómo puedes evitar que un miembro de la mafia vengativo y mezquino se acerque a ella?

Al llegar a Bucarest me dolía terriblemente la cabeza. No sabía por dónde empezar, no sabía a dónde ir, y mucho menos, sabía qué iba a pasar con mi vida a partir de entonces. Me había alejado de mis seres queridos para salvarles la vida, pero no tenía la mínima certeza de que mi marcha sirviera para algo. Ivanov había llamado al número fijo de mi casa, por lo que, casi con total seguridad, sabía dónde estaba. Quizá huir a Bucarest era un estúpido error. Quizá tuviera que pasarme el resto de mi vida huyendo del tipo del abrigo gris y de mi propia familia.

Después de tomarme un café con hielo y con doble de ibuprofeno, compré un periódico para buscar alquileres en la capital; pero tras la primera llamada, me di cuenta de que lo mejor sería buscar un hostal en una calle poco transitada, y quedar con mis padres o con Sofía en cafeterías o bares diferentes en cada ocasión. ¡Mierda! Aún no había avisado a nadie de que ya había llegado.

“Sofía, ya estoy en Bucarest. He llegado bien. Estoy buscando piso, luego te llamo”.

“Vale. Suerte”.

“Mamá, he llegado bien. Ya estoy en Bucarest. Estoy buscando piso, hablamos más tarde”.

“De acuerdo hijo. Ten cuidado”.

No muy lejos de la Universidad de Bucarest se encuentra el Hotel Tranzzit, un sitio tranquilo, pero lo suficientemente grande como para pasar desapercibido entre los turistas rumanos y extranjeros. Me pareció adecuado para pasar los primeros días de estancia en la capital, pues tenía claro que lo más conveniente era no permanecer más de tres días en el mismo alojamiento.

Aparqué el Audi en Grozavesti, una calle lo suficientemente alejada del hotel como para que Ivanov no me localizara fácilmente y pedí una habitación individual en la planta baja, por considerar que quedarme más cerca de la puerta de salida podría beneficiarme en un momento dado. El recepcionista, un muchacho excesivamente rubio que aparentaba apenas veinte años, me solicitó el carné de identidad y me preguntó cuántos días deseaba quedarme.  Por un momento pensé que iban a quedar registrados mis datos personales, y que debería haber falsificado un carné, pero regresé a la realidad, entregué mi documento personal al recepcionista y respondí, en seguimiento de mi inestable plan, que permanecería dos días allí. Después pagué en efectivo, para no dejar pistas innecesarias, y el pálido joven me entregó la llave de la habitación 103, deseándome una feliz estancia.

La habitación tenía una alfombra beige y una cama de matrimonio, a pesar de que había solicitado una individual, pero no quise volver a salir al hall del hotel para pedir un cambio. Pasearme por todas partes tampoco me pareció recomendable. Me llamó la atención que hubiese una especie de banco de madera al otro lado de la cama. Puse mi maleta sobre él y pensé lo mucho que me hubiera gustado que Ivanov siguiera en coma y Sofía pudiese acompañarme.  Después saqué mi portátil en busca de información sobre cómo desarrollar y mantener las dos capacidades sobrenaturales que conservaba de mi anterior existencia como “ángel”: un excelente oído y el teletransporte. Sin duda, iba a necesitar todas las bazas a mi favor para enfrentarme al tipo del abrigo gris.

Tras largo rato investigando, me percaté de que no iba a encontrar las respuestas esperadas. Todo lo que había en la red se reducía a historias y cuentos fantásticos, que me pareció distaban bastante de la realidad que yo había experimentado. Nada útil sobre mi agudeza auditiva, y muy poca información valiosa acerca del teletransporte. Lo que sí hallé fue un vídeo sobre fenómenos inexplicables que se producen en Rumanía, entre los que se encontraba la mención al conocido como Pico Hombre de los Montes Bucegi, punto energético más poderoso de la Tierra donde, gracias a fuertes cargas magnéticas, que aún permanecen investigando, te recuperas inmediatamente de cualquier esfuerzo físico realizado.  Un lugar para tener en cuenta si la cosa se ponía demasiado fea con Ivanov.

Llamé a Sofía por teléfono y le expliqué que estaba buscando un piso de alquiler –idea que aún no había descartado- para evitar mentir, pero para no dar datos comprometedores. Después llamé a mi madre, a la que transmití la misma información.

Mientras me comía un bocadillo de lomo con queso que había comprado enfrente del hotel, escondido como un criminal en la habitación 103, recibí una llamada en mi teléfono móvil de un número oculto. Dejé el bocata sobre la mesita de noche, estaba seguro de que se trataba de Ivanov:

– ¿Dígame?

– Hola, chico. Es guapa tu novia; no puedo decir lo mismo de tu perro.

– No se te ocurra acercarte a ella.

– No tengo por qué hacerlo. A no ser que tú me des motivos.

– Déjame en paz – dije procurando aparentar una valentía de la que carecía.

– No puedo, lo siento. La policía me está siguiendo y no tengo pasta.

– ¿Quieres dinero? – pregunté creyendo que quizá si se lo daba nos dejaría tranquilos.

– Ya te lo he dicho, tu perro es muy feo, y tu chica no es mi estilo.

– Dime cuánto dinero quieres y dónde te lo llevo y no vuelvas a llamarme – sentencié en un intento de no volver a nombrar a Sofía y evitar así demostrar mi preocupación por lo que pudiera hacerle a ella.

– Necesitaré el dinero en euros. Con ochocientos euros me apaño, de momento – dijo con tono sarcástico.

Mi madre me había dado la noche anterior cinco mil seiscientos lei para poder alquilar un piso, entregar la fianza y tener para mis gastos hasta que cobrase. El dinero nunca había sido un problema en mi familia. Sin embargo, nada me garantizaba que, una vez entregados esos ochocientos euros a Ivanov, no me volviese a pedir más dinero, de hecho, su “de momento” indicaba precisamente eso. Me encontraba en una encrucijada de la que no veía salida por ninguna parte: le había dado a Ivanov todas mis cartas el día que se me ocurrió la brillante idea de recuperar la energía que me había arrebatado.

– ¿Estás ahí, chico? No tengo todo el día – aseguró amenazante.

– Sí, pero si te doy el dinero, ¿me dejarás en paz de una vez? – pregunté sabiendo de antemano la respuesta.

– Sólo hasta que necesite más. Eres un chico listo, no preguntes estupideces.

– No trabajo, no tengo tanto dinero como crees.

– Sólo tienes que pedírselo a mami. Ella nunca le negaría un capricho a su único hijo.

– Dime sitio y hora para dártelo. Deberías darte por compensado con esa cantidad – añadí en un absurdo intento de virar la situación a mi favor.

– Casi me matas, chico. ¿Mi vida solo vale ochocientos míseros euros?

– Recuperé lo que me habías quitado, nada más – respondí agraviado.

– Ya sabes que cuando te estás muriendo no piensas con claridad. Te espero a las ocho en la puerta de los Jardines Cismigiu de la calle Stirbei Voda y no me hagas perder más el tiempo. Si te portas como es debido, dejaré en paz a tu novia ¿Vale? Tu patético intento de protegerla con el chucho vidente ese no dará resultado; como mucho podría morderme un tobillo antes de llevarse una buena patada – añadió riéndose – No tengo que decirte que si se te ocurre llamar a la policía me obligarás a hacerles daño ¿Verdad?

– No, te llevaré el dinero donde dices.

Colgó el teléfono y yo me quedé mirando la pantalla como si me fuese a ayudar a pensar. Sabía dónde vivía Sofía y que le había dejado a Azor; sabía dónde estaba mi casa y mi teléfono fijo. Sabía mi número de móvil y, casi con total seguridad, mis movimientos desde que me había llamado por primera vez el día anterior. Jugaba con una baza excepcional, ya que nadie le podía relacionar conmigo ni con mis seres queridos, y yo podía proporcionarle el dinero que necesitaba sin la mínima oportunidad de escapar de su tiranía sin poner en peligro a Sofía y a mi familia. Además de todo ello, desconocía si él también mantenía alguno de sus poderes anteriores. Me enfrentaba a un ejército de naves blindadas con arcos y flechas.

A las ocho menos cinco de la tarde me encontraba esperando en la puerta de los Jardines Cismigiu de la calle Stirbei Voda, tal y como le había prometido a Ivanov. Solo, asustado y con los ochocientos euros que iba a robarme.

Ivanov no apareció hasta las ocho y veintidós minutos, supuse que para asegurarse de que estaba solo, y de que le tenía el suficiente miedo como para esperarle lo que fuera necesario. Vestía una camiseta negra de manga corta y unos pantalones vaqueros y se había teñido el pelo de negro, lo que le confería un aspecto aún más odioso del que recordaba.

– Hola, chico. ¿Tienes mi dinero? – preguntó indiferente.

– Sí, lo he traído. Para eso venías ¿no? – añadí sin poder esconder mi enojo.

– Hombre, para ver tu patética cara de niña mimada no.

Evité entrar en su juego y le alargué la mano con el dinero.

– Gracias por compensarme – dijo.

– Sólo te doy el dinero para que me dejes en paz – insistí.

– Si puedo apañármelas solo, ten por seguro que no me vuelves a ver la cara. No me gusta tu asqueroso país.

– Me alegro – respondí sin poder ocultar mi repudio hacia semejante individuo.

Ivanov dio media vuelta y se alejó tranquilamente, sin preocuparse de si alguien nos había visto, o si había algún agente de policía por los alrededores. Estaba tan seguro de sí mismo que me infundió auténtico pavor. Pero, además de haberme pedido el dinero en euros, me había dicho que no le gustaba Rumanía, de modo que preferí quedarme con esa idea de nuestro efímero y “calmado” encuentro. Si tenía pensado salir del país, podría librarme de él y de mi ya crónico dolor de cabeza. Sólo me quedaban dos lacerantes dudas al respecto: cuándo pensaba irse exactamente y cómo podría saber yo si de verdad se había marchado de Rumanía.

Capítulo 5.   Lejos, lejos.

Gabriel se había alejado de mí y no sólo físicamente.  No podía entender que tuviera tanta prisa sólo para buscar un piso de alquiler y comenzar a impartir clases de judo. Me ocultaba algo; algo que me tenía más que preocupada. Siempre había creído que Mi Ángel confiaba en mi totalmente o, al menos, eso había procurado hacerle entender todos y cada uno de los días que habíamos pasado juntos. Sin embargo, no era así para nada. Si algo sabía acerca de Gabriel, era que no se trataba de una persona cobarde, asustadiza ni “exagerada”; por ese motivo, sus actos y sus palabras de los dos últimos días denotaban una inquietud extraña y preocupante.

Durante los primeros días de su ausencia procuré no atosigarle con preguntas sobre dónde estaba o lo qué hacía; si él no me daba explicaciones al respecto, tampoco yo le preguntaba nada. Quería demostrarle que no soy la típica novia agobiante que escribe mensajes de Whats App a todas horas para recordarle a su pareja que ya no sabe vivir sin él. Entiendo que todo el mundo debe tener su espacio, y que una relación sentimental sana no puede socavar ese principio fundamental para todas las personas: querer a alguien no significa saber lo que hace cada minuto ni pedirle que te diga que te quiere constantemente.  Pero Gabriel evitaba mis preguntas, evitaba nuestros encuentros y evitaba llevarme al piso que había alquilado. Y con ello, provocaba en mí unas sospechas y unos celos que jamás habría imaginado que yo iba a padecer.

En las dos primeras semanas de su estancia en Bucarest sólo nos vimos dos veces, ambas en una cafetería del centro donde también servían helados de menta, mis favoritos. En las dos semanas siguientes, la cifra de encuentros con Gabriel se redujo a la mitad, esta vez en un centro comercial.  Había pasado el mes de julio casi por completo y habíamos estado juntos sólo en tres ocasiones, siempre por la tarde –debido también a la disponibilidad de mi madre para llevarme a la capital– y siempre en lugares con gran afluencia de gente. No es que me molestara la gente, pero echaba de menos poder estar a solas con Gabriel, aunque fuese un rato. No teníamos intimidad, y eso me estaba destrozando.

El primer sábado de agosto, en perspectiva de hacer algo distinto y poder disfrutar juntos de un día completo, le propuse que pasáramos la jornada en una piscina municipal de Bucarest los dos solos, a lo que accedió gustoso. Nos encontramos en la puerta de la piscina a las once y media de la mañana.  Gabriel vestía unas bermudas rojas y una camiseta azul marino, y llevaba puesta una gorra y unas gafas de sol enormes, que jamás habría imaginado que le gustasen.

– ¿Protegiéndote del sol? – pregunté para romper el hielo.

– Sí –respondió escueto – Estás muy guapa cielo, te he echado de menos –añadió mientras me daba un abrazo, y acto seguido un beso en los labios.

– Yo también te he echado de menos. No sabes cuánto.

– Ya sé que últimamente he estado muy ocupado, y hemos pasado muy poco tiempo juntos. Pero te prometo que hoy me quedo contigo hasta que tengas que irte.

¿Podría ser nunca? Pensé.

– ¿Entramos? – preguntó sacándome de mi ensoñación.

– Sí, claro – respondí.

La piscina estaba bastante vacía para ser sábado, pero teniendo en cuenta que ya estábamos en agosto, la mayoría de la gente se debía haber marchado a la playa, cosa que nosotros, a pesar de mi insistencia, no íbamos a poder hacer ese verano.

– ¿Cómo está Azor? ¿Te da mucha guerra? – dijo mientras sacaba una toalla azul de su mochila para ponerla debajo de la sombra de un árbol.

– Que va, es buenísimo. Se porta genial, no te preocupes.

– Lo sé, le echo mucho de menos. A veces me levanto por la mañana y salgo a buscarle por la casa para sacarlo a hacer pis. Luego me doy cuenta de que te he dejado el marrón a ti – añadió socarrón.

– No me importa pasearle. Me hace mucha compañía cuando Rebeca se va a las clases de inglés. – apostillé intentando enfatizar en la palabra compañía para comprobar si se daba por aludido.

– Es un perro estupendo. Me da rabia que no me dejen tenerlo en el piso que he alquilado.

– ¿Tan pijo es el dueño? –pregunté para sonsacarle información.

– No, sólo un poco estirado – dijo sin añadir nada más.

– Todavía no me has dicho la calle en la que está – insistí abrasada más por las dudas que por el sol que me estaba dando en la espalda.

– Está en el Boulevard Regina Elisabeta. Creía que te lo había dicho.

– Ya sabes que me gustaría llevarte, pero no quiero problemas con el dueño, le prometí que estaría solo en el piso. Y los vecinos son muy cotillas.

– Quizá subas a tu otra novia – dije sin poder resistirme más, con un tono que procuraba ser despreocupado y bromista.

– ¿Crees que tengo tiempo para otra novia? – preguntó intentando quitarle hierro al asunto.

Entonces, le salvó la campana. Su teléfono móvil comenzó a sonar y, al verlo, se puso de pie y se alejó de mí unos pasos.

– Me llama Dan, espero que no me diga que tengo que dar clases esta tarde – explicó mientras se alejaba lo suficiente como para que yo no pudiera escuchar la conversación.

Nunca había hecho nada parecido. Cuando recibía una llamada, se disculpaba, pero se quedaba junto a mí sin importarle quien le llamase. Me estaban entrando unos celos terribles, y unas ganas de irme a mi casa difíciles de ocultar. La llamada duró un par de minutos, y para ser sincera, parecía que estuviese más enfadado que complacido. Quizá no esperaba que ella le llamara justo cuando estaba conmigo, y por eso estaba irritado. Cuando colgó la llamada, volvió junto a una Sofía más que molesta.

– Era Dan. Dice que mañana nos tenemos que marchar a Londres para un campeonato – aclaró antes de darme tiempo para preguntar nada.

– ¿Mañana? – pregunté asombrada.

– Ya le he dicho que debería haberme avisado antes, pero quiere que vaya a ayudarle, y dice que me pagará el billete y las dietas, además de un extra por la ayuda.

– ¿Y cuándo vuelves?

– Los campeonatos suelen durar una o dos semanas, pero la verdad es que, con el cabreo, me he olvidado de preguntárselo. No te preocupes, que te he prometido un día entero juntos y voy a cumplirlo. Ya haré la maleta esta noche. Me ha dicho que los billetes los compra él.

– Si quieres nos vamos ya –dije sin poder ocultar mi enfado.

– No, quiero quedarme, de verdad.

El resto del día debería haber sido divertido y grato, pero no podía quitarme de la cabeza el motivo por el que Gabriel se había alejado tanto de mí para contestar a esa llamada de teléfono. Cuando nos despedimos para volver a nuestras respectivas casas, me preguntó, por primera vez, si quería que me diera un beso. Aunque desganada, se lo di, pues quizá mis sospechas eran infundadas, y estaba siendo injusta con él. Luego se marchó caminando hasta su coche, que según me explicó estaba aparcado un poco lejos, debido a la falta de plazas libres en los alrededores de la piscina, mientras yo me quedaba esperando a que mi madre me recogiera con el coche.

Pensando sobre todo lo que habíamos vivido juntos, determiné mantener la calma y esperar los acontecimientos antes de decirle alguna estupidez de la que luego me arrepintiese; a fin y al cabo, no tenía ningún motivo para creer que me estaba engañando con otra, ni conocía la razón por la que había preferido mantener esa conversación telefónica en privado. Si he aprendido algo en la vida, es que la tensión y el miedo nunca son buenos consejeros, jamás se deben tomar decisiones relevantes bajo sus efectos. Haber intentado provocarme sola un estado de coma era, con diferencia, la mayor estupidez que había cometido en toda mi vida; algo de lo que siempre me sentiré avergonzada. Puedes culparte por tus fracasos, pero sólo quedarás absuelto cuando aprendas de ellos. No estaba dispuesta a que el enfado me incitase a hacer una tontería; debía tener paciencia.

Una vez en casa, y después de sacar a pasear y a hacer sus necesidades a Azor, tomé una ducha que no cumplió del todo su cometido de relajarme, y me tumbé en mi cama para pensar sobre la actitud de Gabriel. Entonces, Azor se puso muy nervioso y comenzó a ladrar insistentemente, pegado a la puerta de mi habitación. Procuré calmarlo, pero seguía ladrando como si pasara algo importante. Mi madre comenzó a gritar desde la cocina para que hiciese callar al perro y mi hermana Rebeca entró en mi habitación, quejándose del ruido que hacía Azor. Aprovechando que Rebeca había abierto la puerta, el perro salió disparado escaleras abajo, para seguir ladrando a la puerta de entrada de mi casa. Intrigada por su comportamiento, bajé las escaleras corriendo, até a Azor con la correa, miré por la mirilla, sin ver a nadie al otro lado, y salimos juntos para ver qué le sucedía.  Por la calle no pasaba nadie, excepto el coche gris oscuro familiar de mis vecinos con el matrimonio y sus dos hijos en el interior, nadie que Azor no conociese perfectamente. No le di más importancia al asunto, pues supuse que seguramente algún gato callejero había desquiciado al perro, y entré en mi casa con un Azor ya silencioso y calmado.  Pocos minutos después estábamos repitiendo el mismo ritual en la puerta de mi casa: Azor había bajado las escaleras ladrando sin parar, yo le había seguido, le había atado y al salir a la calle, nadie pasaba por ella.

Sobre las diez de la noche mi móvil recibió una llamada de Gabriel, pero yo me encontraba en el cuarto de baño y no me dio tiempo a contestar. Como aún estaba algo dolida por la actitud de mi ángel en la piscina, decidí que esperaría hasta que volviera a llamarme. Media hora más tarde Gabriel estaba llamando de nuevo a mi teléfono:

– Hola, Sofía ¿Estás enfadada? – preguntó de inmediato.

– No, estaba en el baño y no me ha dado tiempo a cogerlo –respondí con una media verdad.

– Ya tengo las cosas preparadas para el viaje a Londres. Dan dice que no sabe cuántos días estaremos, que dependerá de las eliminatorias que vayan superando los chicos; cuántos más combates ganados, más días allí. El vuelo sale mañana a las ocho de la mañana, así que no me da tiempo a ir a despedirme.

– Ya me lo imaginaba.

– Me habría gustado que pasáramos juntos el fin de semana. Pero no puedo dejar a Dan solo con los chicos.

– Lo entiendo.

– Volveré en cuanto pueda, y pasaré por tu casa lo primero, te lo prometo.

– Te tomo la palabra.

– Sí, me toca a mí ir esta vez, ya has echado bastantes viajes hasta aquí.

– Sólo he ido tres veces – le recordé.

– Te debo tres entonces –insistió. – ¿Cómo está Azor? Le tengo abandonado al pobre.

No es al único al que tienes abandonado. Pensé. Pero parece que es el que más te importa.

– Está muy bien. Un poco raro últimamente – contesté en su lugar.

– ¿Raro? ¿Raro por qué?

– Se pone como loco a ladrar en la puerta de la calle. Yo creo que oye algún gato o algo.

– ¿En la puerta de tu casa?

– Sí.

– Pero ¿has visto algún gato?

– ¿Entonces?

– Es que me ha hecho salir dos veces a la calle… no te preocupes, lo llevaba atado… y luego no había nadie. Por eso te digo que sería algún gato.

– ¿No has visto a nadie o no has visto a nadie que conozcas?

– No he visto a nadie, ni que conozca, ni que no.

– Sofía, ¿Te puedo pedir algo? – dijo con un tono muy serio.

– Depende – contesté con diversión.

– Azor quiere protegerte. Si ladra de ese modo otra vez no vuelvas a abrir la puerta de la calle. No salgas de casa, por favor.

– ¿Qué dices?

– Que Azor tiene un sexto sentido para el peligro, ya te contaré.

– Bueno, vale.

– Por favor, Sofía, no salgas sola de casa cuando Azor se ponga así, ni siquiera, aunque lleves al perro.

– Vale, no te preocupes, tampoco creo que sea para tanto – repliqué sorprendida.

– Sólo te digo que tengas cuidado. El perro no ladra por nada –insistió.

– Vale, no te preocupes. Mañana me llamas antes de coger el avión.

– Sí, buenas noches. Que duermas bien. Te quiero mucho.

Al colgar el teléfono Azor me estaba mirando fijamente.

– Sí, yo también estoy tan sorprendida como tú. No me mires así, mira la que has liado – recriminé al pobre chucho.

Después de acariciar al perro para demostrarle que no estaba enfadada con él, me tumbé sobre mi cama mirando al techo. No lograba borrar de mi mente las palabras de Gabriel sobre lo que había sucedido con Azor: “No salgas sola de casa cuando ladre así el perro”, “Azor tiene un sexto sentido para el peligro”. ¿Qué era lo que estaba pasando? ¿Por qué Gabriel hablaba de peligro? ¿Por qué se había alejado en la piscina para que yo no escuchara la conversación? ¿Por qué me ocultaba las cosas? ¿De qué tenía tanto miedo? O mejor dicho ¿De quién? Al girar la cabeza hacia el suelo, Azor permanecía inmóvil delante de la puerta cerrada de mi habitación.

Si quieres seguir leyendo, puedes comprar tu ejemplar DEDICADO en el siguiente enlace:

Comprar libro DEDICADO

LA SEMILLA

semilla

Era sólo una semilla, una pequeña semilla.
Quería crecer muy grande y disfrutar de la vida.
Desde el interior del vientre voces feroces oía,
oía llanto y lamentos, muchas lágrimas sentía
resonando en mi cerebro y dando forma a mi vida.
No quiero salir ahí fuera, no quiero salir, decía.
Pero un día me empujaron, me empujaron a la vida
y tuve que salir fuera, y ver la cara del día.
Al llegar a casa nadie
me esperaba ni me oía
mi madre sólo lloraba y el ogro siempre decía:
“yo te tengo que matar, acabaré con tu vida”.
Y así crecí junto al miedo,
que en la carrera vencía
“sólo soy una semilla, déjame vivir mi vida”.
Pero el miedo se hizo fuerte y machacó a la semilla
que creció muy pequeñita y con el alma escondida.
Un día, por la mañana, mamá amaneció dormida
y la pequeña semilla
en la oscura tierra quedó hundida.
Semilla no quiero ser,
de un árbol que siega vidas
antes de nacer te pido:
“mamá salva tu semilla”.
Serie: Poemas Desgarrados. Vanesa Paredes.

He-larte de ser escritor: parte 4.720

Una de las editoriales a las que has enviado tu manuscrito te ha contestado diciendo que quiere publicar contigo. ¡Guuuaaaauuuu que emoción! Enhorabuena, ya estás en la parte 4.720 de he-larte de ser escritor.  Y eso ¿que supone? te preguntarás. Te respondo: pues muchas cosas, y no todas buenas.

he larte de ser escritor

Lo primero que debes hacer es investigar sobre la editorial que te ha contestado favorablemente. En muchas ocasiones, no se tratará de una editorial de las que llaman “tradicional”, sino de las que se autodenominan “de co-edición”. Esto quiere decir que la editorial pondrá su trabajo ( revisiones, maquetación, diseño de la portada, impresión…) y tú, tu trabajo, tu tiempo y, además, tu dinero. Sí, pagarás todo su trabajo para poder publicar. Esto no tiene porqué ser negativo, siempre que, como te decía, investigues un poco de qué editorial se trata y si revisa de verdad los manuscritos antes de enviarlos imprenta, si sus acabados en papel tienen la calidad suficiente, si en el contrato que te envían especifican lo que “te han prometido” de palabra… eso te evitará más de un susto y, sobre todo, más de un disgusto. Esta opción ha sido elegida por muchos escritores, bastantes de ellos satisfechos, ya que los beneficios de las ventas también los recibirás tú y, sobre todo, los derechos sobre la obra te seguirán perteneciendo. En este caso, la editorial no te garantiza ni promoción ( a no ser que lo pagues aparte) ni distribución de tu obra ( a no ser que lo especifique en el contrato) es decir, que tu libro te lo tienes que vender tú. Los derechos de la cubierta ( diseño e imagen) son propiedad de la editorial.

Si prefieres esperar a que una editorial tradicional quiera publicar tu libro, ten paciencia, las más rápidas suelen tardar, como mínimo tres meses, y las hay que llegan a a tardar más de seis. Las de co-edición tardan bastante menos, entre otras cosas, porque no arriesgan su dinero para tu libro.

Si alguna de las editoriales tradicionales quiere publicar tu obra,entonces no tendrás que poner dinero, pero tus beneficios económicos también descenderán a lo que se denominan “derechos de autor” que oscilan entre el 8% y el 12% del importe de venta al público de tu libro ( por ejemplo, un libro cuyo PVP sea 15 euros, te dejará unas ganancias de 1,5 euros si los derechos que firmas son del 10%). En este caso, cederás el derecho de impresión y venta de tu libro a esta editorial el tiempo que dure el contrato, no pudiendo publicar tu obra en ninguna plataforma de Internet y, por supuesto, con ninguna otra editorial de ningún tipo. Lo normal son dos años de contrato, aunque algunas editoriales ya están ofreciendo un año a sus autores. Si elijes esta opción para publicar, de nuevo te recomiendo que investigues todo lo posible: ten en cuenta que no todas las editoriales son tan profesionales como parecen, y algunas no hacen correctamente el trabajo de corrección y/o imprenta. Y una vez impreso el libro,  no gastarán dinero en corregir los fallos que tenga y tendrás que venderlo así (de modo que, revisa bien el manuscrito y el PDF que te envíen antes de mandar a imprenta, para no llevarte luego un disgusto). Los derechos de imagen de tu libro, es decir, el diseño y la imagen de la cubierta también serán propiedad de la editorial ( a no ser que el diseño lo hayas hecho tú y quede especificado en el contrato). En este caso, tu libro también te lo tendrás que vender tú ( estarás en ferias de libros, en alguna librería física y tendrás presentaciones; pero la visibilidad de tu obra y la promoción tendrás que hacerlas personalmente).

Como has visto, publicar un libro no es sinónimo de venderlo, porque las editoriales NO venden libros. Me lo dijo un amigo librero, que también es escritor, hace tiempo y, a día de hoy, puedo asegurarte que tiene toda la razón. Así que, si ya tienes un libro a la venta, acabas de empezar tu trabajo como “auto-promotor literario” si quieres vender tu libro. Suena duro ¿no? Pues aquí empieza la parte 4.721 de he-larte de ser escritor: dar visibilidad a tu libro y conseguir venderlo.

8 trucos que te ayudarán a escribir mejor

Hoy quiero ayudarte con algunos de los trucos que me funcionan para escribir ficción  y que me parecen útiles si te quieres dedicar a la escritura profesional.  Espero que a tí también te sirvan, pero recuerda: cada maestrillo tiene su librillo.

escribir mejor

  1. Llevar siempre encima papel y bolígrafo.  Un cuaderno pequeño o una libreta, y un bolígrafo o lapicero en un lugar fijo y accesible de tu casa y de tu bolso te liberará del estrés de tener que memorizar ese texto ingenioso que se te ha ocurrido en el momento más inesperado; también te sentirás libre de la tensión que provoca creer que no podrás transcribirlo tal y como se te había ocurrido cuando ya puedas sentarte a escribir.  No sé si esto te ha pasado alguna vez, pero a mí me da mucha rabia que se me ocurra algo por la noche, cuando ya llevo un rato acostada, y pensar que se me va a olvidar si no lo plasmo en el papel en ese momento.
  2. Tener un lugar fijo, cómodo y con suficiente luz (a ser posible natural) para escribir cuando te lo propongas. Es cierto que se puede escribir en cualquier lugar y “casi” posición, pero también lo es que las ideas fluyen mejor si estás cómodamente sentado y ves bien lo que estás escribiendo.
  3. Si es posible, escribe tu “manuscrito” a mano. Sí, has leído bien. Si eres un escritor novel y, sobre todo, como sucede en muchísimos casos, no te dedicas profesionalmente a escribir ( quiero decir que tu trabajo no está directamente relacionado con la redacción de textos o con plasmar ideas por escrito) procura escribir tu relato, novela o poema a mano. Está demostrado científicamente que las ideas fluyen mejor en tu cerebro cuando las escribes a mano en un papel. Puedo corroborar que esto es cierto, por lo menos, en mi caso.
  4. Tener a mano un diccionario (también puede ser una página web como marcador/favorito en tu ordenador) para consultar definiciones de las que tengas dudas o sinónimos que necesites utilizar.
  5. Establecer rutinas de trabajo. Tener un calendario con fechas/ días a la semana y horas que quieres dedicarte a escribir. Si quieres tomarte en serio esto de ser “escritor profesional” tómate también tu tiempo para hacerlo y no esperes a tener ganas o tiempo. Escribir es un trabajo que requiere esfuerzo y, sobre todo, mucho tiempo, si siempre estás priorizando otras tareas, te costará mucho tener terminado un manuscrito en condiciones, y te desanimarás de lo que has hecho. Poner plazos  (no muy cortos) para tener listo el primer borrador también ayuda bastante.
  6. Seguir escribiendo aunque lo que estés plasmando en ese momento no te convenza. Me ocurre a menudo que me pongo a escribir y pienso “no me gusta nada lo que estoy poniendo”, pero me obligo a seguir ¿Sabes porqué? Porque también me ha pasado muchísimas veces que al poco rato se me ocurre una frase o un párrafo que me encanta. Ten en cuenta, como ya he dicho antes, que escribir lleva mucho trabajo y mucho tiempo, por lo que no debe preocuparte demasiado el primer borrador que hagas, ya que ése nunca debería ser el manuscrito definitivo.
  7. Corregir tu manuscrito al menos tres veces y con un intervalo de un mes entre correcciones. He comprobado personalmente que cuando lees tu propio texto varias veces, en realidad dejas de leerlo. Sí, crees que lo lees, pero lo que haces es dar por hecho lo que pone, porque lo has escrito tú y ya te lo has aprendido. Compruébalo, si no me crees ,cuando hayas cometida algún error en una palabra, como que le falte una letra, y el corrector de textos del ordenador no lo haya detectado; entonces descubrirás que estabas leyendo lo que querías haber puesto y no lo que pusiste en realidad. Si pruebas a que lo lea otra persona que sabes que lee prestando atención, verás que descubre errores que ni tú ni el corrector de textos habíais identificado. El tiempo que estimo como mínimo entre las correcciones es de 20 días a un mes, para estar seguro de que no recuerdas exactamente lo que pusiste.
  8. Que al menos tres personas, que pertenezcan a lo que consideras público objetivo de tu libro, lean el manuscrito con calma y vayan anotando lo que no les guste o no entiendan del texto. A ser posible, que estas tres personas “no te quieran demasiado” ( quiero decir que te puedan dar una opinión sincera que te sirva para mejorar el manuscrito, así  que tu abuela queda descartada). El hecho de anotarlo te ayudará mucho, ya que si no lo anotan justo después de leerlo, les resultará difícil explicarte luego dónde estaba exactamente y qué era lo que les chocaba del texto. Si consigues sólo una persona con estas características dispuesta a ayudarte, no te preocupes, pero toma sus observaciones con cautela, ya que no tendrás tanta seguridad sobre su opinión, como cuando varias personas te digan lo mismo o algo parecido de las mismas partes del manuscrito.

Espero haberte ayudado con estos ocho consejos. Puedes comentar lo que quieras al respecto, hacer preguntas y, por supuesto, compartir alguno de los trucos que te funcionan a ti.

Puntos de venta de Gabriel

Debido al enorme éxito de lectores, ya puedes comprar la 2ª edición de “Gabriel” en cualquier librería de España.

FORMATO PAPEL (precio 15€):

Web editorial ( si lo quieres DEDICADO por su autora)

En la web de Amazon .

En la web de Casa del Libro

O en El Corte Inglés.

FORMATO DIGITAL ( ebook. Precio 2,99€):

Puedes conseguirlo en la web de Casa del Libro,

en El Corte Inglés

en la web Tagus Books

Gabriel 2º Edición

 

Si quieres contactar conmigo para hacerme alguna pregunta rellena este formulario:

También puedes contactar conmigo por Messenger de Facebook o Instagram en los siguientes enlaces:

Mi cuenta de Instagram

Mi página de Facebook

 

¿Te gustaría conocer la sala florentina del castillo Peles?

La sala de Florentina de castillo Peles, se conoce también como el Gran Salón. Es una de las salas más impresionantes de Peles: su techo está completamente tallado en madera de tilo y cubierto en gran parte de una capa dorada, tiene dos enormes lámparas de cristal, una chimenea de mármol y un estilo renacentista italiano que no dejan indiferente a ningún visitante.

¿Te animas a visitarla? Está Rumanía, en la ciudad de Sinaia, provincia de Prahova.

sala florentina

¿Por qué aparece la sala florentina una mañana con el suelo cubierto de pétalos de rosa … y qué pasa después?

Si quieres saberlo, tendrás que leer la novela que está enamorando a los lectores españoles … (te dejo enlace a los primeros capítulos -son gratis- y si te convence…

Gabriel

Puedes adquirirla en formato eBook, muy económico, o en papel ( sólo tienes que dejarme tus datos de contacto aquí:

Reseñas y recomendaciones de Gabriel

Reseña Eclécticamente lectora (México)

Reseña blog Diario de una Chica Lit

Reseña de @32 besos

Reseña de La librería de Vicente y Bea

Gabriel (1)

Reseña de @book.lover.22

Reseña Los libros de Noemí

Reseña del blog literario Viajar Leyendo

Reseña de El duende lector: los libros de Manolo

Reseña de Reading Books Instagram

Recomendación de Buenos Relatos

Reseña Hija de Letras

Reseña La librería de Sandra

Reseña La biblioteca de Amelia

Reseña blog V de Vero libros

Reseña de Aficionada a la lectura

Blog literario de Mel Bookish

Blog de Chica Sombra

Puedes adquirir tu ejemplar de “Gabriel” DEDICADO haciendo click aquí

Si tienes alguna duda puedes contactar conmigo rellenando el siguiente formulario:

 

Firma de libros y presentaciones de Gabriel en ciudades españolas 2018-2019.

gabriel

  • Día 1 de Diciembre de 2018: Librería Argot. CASTELLÓN DE LA PLANA a las 18 horas. Presentación de Gabriel y firma de libros.
  • Día 22 de Diciembre de 2018: Librería Vergüenza Ajena Calle Galileo, 56 MADRID a las 18 horas. Presentación de Gabriel y firma de libros.
  • Día 3 de Enero de 2019: Librería Nothing Hill de Alcalá de Henares Plaza de los Santos Niños, 5 ALCALÁ DE HENARES  (MADRID) de 11 a 14 horas. Charla con los lectores y firma de libros.
  • Día 22 de Febrero de 2019: Casa de la Cultura de Ocaña (TOLEDO) a las 18:30 horas.  Presentación de Gabriel y firma de libros.
  • Día 26 de abril: Feria del libro de Alcalá de Henares ( MADRID) de 17:30 a 20:30. Caseta de Nothing Hill Books. Plaza de Cervantes. Venta y firma de libros.

 

¿Quieres conocer “La Perla de los Cárpatos”?

A la población rumana de Sinaia se la conoce popularmente como “La Perla de los Cárpatos” por su increíble belleza y la cantidad de turismo que  acoge cada año.

sinaia

Sinaia se encuentra en la provincia de Prahova, a una altura de 800 metros por encima del nivel del mar y cuentan que el rey Carlos I de Rumanía, encantado con la hermosura de la zona, decidió levantar allí su residencia en verano en 1873: el famoso Castillo Peles.

El Castillo Peles recibe miles de visitas nacionales e internacionales cada año ( como la que realizará Sofía cuando conoce a Gabriel en la primera parte de la trilogía Inger). Su bello estilo neorrenacentista y sus artesonados de madera, no dejan indiferente a ningún visitante.

En Sinaia también podrás ver el famoso Monasterio, un convento fundado en 1695 por el príncipe Mihai Cantacuzino tras un peregrinaje a Tierra Santa. El nombre del monasterio, del que se deriva el de la ciudad, proviene del Monte Sinaí, que menciona la Biblia.

El príncipe Mihai previó que el monasterio fuera ocupado por doce monjes, en relación a los doce apóstoles, aunque el número ha ido creciendo a largo de los años.

El Monasterio de Sinaía cuenta con preciosos murales y frescos de inspiración bizantina y es apodado la Catedral de los Cárpatos. 

Para terminar, podrás visitar el pequeño Castillo Pelisor, situado en el Parque Peles de Prahova. Los artesonados de madera decorados en oro y las vidrieras, hacen las delicias de todo el que se acerca a conocerlo.

¿ De verdad quieres quedarte sin ver estas maravillas? ¿De verdad no quieres conocer los mágicos y bellos lugares donde se inspira Gabriel?

Puedes dejar tus comentarios sobre Sinaia o Rumanía debajo, estaré encantada de leerlos.