¿Te gustaría conocer la sala florentina del castillo Peles?

La sala de Florentina de castillo Peles, se conoce también como el Gran Salón. Es una de las salas más impresionantes de Peles: su techo está completamente tallado en madera de tilo y cubierto en gran parte de una capa dorada, tiene dos enormes lámparas de cristal, una chimenea de mármol y un estilo renacentista italiano que no dejan indiferente a ningún visitante.

¿Te animas a visitarla? Está Rumanía, en la ciudad de Sinaia, provincia de Prahova.

sala florentina

¿Por qué aparece la sala florentina una mañana con el suelo cubierto de pétalos de rosa … y qué pasa después?

Si quieres saberlo, tendrás que leer la novela que está enamorando a los lectores españoles … (te dejo enlace a los primeros capítulos -son gratis- y si te convence…

Gabriel

Puedes adquirirla en formato eBook, muy económico, o en papel ( sólo tienes que dejarme tus datos de contacto aquí:

Firma de libros y presentaciones de Gabriel en ciudades españolas 2018-2019.

gabriel

  • Día 1 de Diciembre de 2018: Librería Argot. CASTELLÓN DE LA PLANA a las 18 horas. Presentación de Gabriel y firma de libros.
  • Día 22 de Diciembre de 2018: Librería Vergüenza Ajena Calle Galileo, 56 MADRID a las 18 horas. Presentación de Gabriel y firma de libros.
  • Día 3 de Enero de 2019: Librería Nothing Hill de Alcalá de Henares Plaza de los Santos Niños, 5 ALCALÁ DE HENARES  (MADRID) de 11 a 14 horas. Charla con los lectores y firma de libros.
  • Día 22 de Febrero de 2019: Casa de la Cultura de Ocaña (TOLEDO) a las 18:30 horas.  Presentación de Gabriel y firma de libros.
  • Día 26 de abril: Feria del libro de Alcalá de Henares ( MADRID) de 17:30 a 20:30. Caseta de Nothing Hill Books. Plaza de Cervantes. Venta y firma de libros.

 

Entrevistas en medios de comunicación

Os iré dejando los enlaces a las entrevistas sobre Gabriel que me van haciendo en medios de comunicación o páginas web.

Vanesa Paredes Gozalez autora Gabriel

Entrevista para FREE RADIO 98.2 FM Y RADIO EZEQUIEL ( emitida simultáneamente en ONDA UNIVERSAL DE TENERIFE, RADIO THARSUS ANDALUCÍA, RADIO LOKURA VALLADOLID, RADIO CREATIVIDAD ALCALÁ DE HENARES, RADIO FRECUENCIA BENIDORM) en el programa “El baúl de mis recuerdos” presentado por Ezequiel Campos. Podéis escuchar la entrevista en el siguiente enlace:

Entrevista sobre Gabriel para El baúl de mis recuerdos

Entrevista para la Televisión de Leganés , Canal 53 de TDT,  que se emitió el 11 de diciembre de 2018, también disponible en el Canal de You Tube de Teleganés en el siguiente enlace:

Entrevista sobre Gabriel para televisión

Entrevista para el periódico El Plural, publicada 31 de Enero de 2019:

Entrevista publicada en El Plural

Entrevista que realicé para el blog literario de la escritora Niña Peña Pitarch:

Entrevista para blog literario Nina Peña

Entrevista para la web de la Editorial Acen publicada el 20 de diciembre de 2018 :

Entrevista con la editorial Acen

 

¿Conoces la leyenda de los strigoii? Gabriel tendrá que enfrentarse a uno de ellos

Quizá hayas oído hablar alguna vez de los strigoii. Seres malignos de la tradición cultural rumana que vagan por la zona de los Cárpatos en busca de energía de la que apoderarse para perpetuar su existencia. Gabriel tendrá que enfrentarse a uno de ellos…

strogoii carpatos gabriel
Montes Cárpatos de Rumanía

La palabra strigoi es un vocablo rumano que proviene del verbo a-striga, que significa gritar/ grito de terror.

La leyenda de los strigoii se basa en las creencias arcaicas de la post-existencia del alma y de su posibilidad de volver entre los vivos. Cuando los strigoii regresan al mundo de los vivos, lo hacen para apoderarse de su energía y poder así perpetuar su existencia el máximo tiempo posible.

Las posibilidad de que una persona llegue a convertirse en strigoi  está ligada, según una vertiente de tradición cultural rumana de las zonas rurales, a tener ciertas relaciones con el diablo en vida o a sufrir una muerte violenta.

Un strigoi se cruzará en el camino de Gabriel, complicando de un modo muy peligroso su nueva existencia:

GABRIEL. Capítulo 7. La línea 47.

…Monté en el autobús 47, aprovechando que bajaba una señora pelirroja cargada de bolsas, y me dirigí a la última fila de asientos. El reloj del conductor marcaba las doce y diez, por lo que seguramente se trataba del último de la noche. Había tenido suerte, teniendo en cuenta que entre el instituto de Sofía y el cementerio había varios kilómetros y haber regresado andando me hubiera llevado varias horas.

El autobús estaba prácticamente vacío, una pareja de novios acurrucados, tanto por el frío como por el sentimiento mutuo, y un hombre con un abrigo gris de paño, eran la única compañía del soñoliento conductor, de modo que pude elegir asiento.

El hombre del abrigo gris era macilento, pero tenía la espalda muy ancha. Debajo del abrigo vestía unos vaqueros sucios y calzaba unos zapatos marrones horribles. Tenía un pelo rubio enmarañado, unos ojos de color castaño que sobresalían ligeramente de las órbitas y aspecto de no haber descansado en su vida; además de una piel excesivamente blanca. Mientras le observaba, comenzó a mirarme de reojo, para pasar a hacerlo directamente pocos segundos después. Estaba claro que también podía verme, pero no me atreví a dirigirle la palabra por temor a su reacción.

Observándole más detenidamente pude reparar en que tenía algo extraño, no sabría decir el qué, pero nada que tuviese que ver con Sofía. Su mirada era, además de bastante molesta y penetrante, algo mezquina. Al levantar la mano izquierda descubrí que su piel era tan blanca que parecía translúcida, muy semejante… ¡A la mía!… ¡Me había visto porque él también estaba muerto! Precisamente cuando había dejado de buscar, había encontrado lo que quería; y, sin embargo, no me proporcionó el alivio esperado, sino más bien cierta inquietud, difícil de explicar. El tipo no me inspiraba ninguna confianza. Me escrutaba sin parar con un halo de rencor en sus ojos que no lograba entender. Y como seguía sin atreverme a hablarle, decidí que lo más sensato era esperar…

¿Quieres seguir leyendo?

¿ Sabías que Sofía es la única persona que puede ver y oír a Gabriel?¿Quieres saber cómo fue su primer encuentro?

peles sinaia
Imagen de la web DestinoInfinito.com

Mientras seguíamos al guía, mis amigas y yo nos entreteníamos debatiendo cuál de las salas del palacio merecía la máxima condecoración en belleza. Entre todas ellas, la sala maura resultaba la más hermosa en opinión de Alina y Emma; pero para mí la sala florentina, de la que cuelgan las lámparas más bonitas de Rumanía, es la que merece, sin duda, el primer puesto.

“Entre 1893 y 1914 el arquitecto checo Karen Limen otorgaría al castillo su característico estilo neorrenacentista, gracias a las numerosas torres puntiagudas y los ornamentos tallados en madera…”

Continuamos por los pasillos y al entrar en la sala de armas, descubrí con sorpresa que el grupo anterior se había demorado en su visita y les habíamos dado alcance. Era un grupo bastante numeroso, de chicos y chicas más o menos de la misma edad que nosotros. Había una chica rubia con el pelo tan largo que casi le llegaba a las rodillas, pero teñido de un color tan artificial que le robaba toda la gracia. Entonces, la melena rubia de la muchacha dejó de centrar mi atención … Junto con el otro grupo, a pocos metros de mí, estaba el chico más impresionante que había visto jamás. Tenía el cabello de un castaño brillante y unos grandes rizos perfectos que caían graciosamente sobre ambos lados de su cara, dejando entrever unos ojos casi dorados, tan hermosos que no parecían de este mundo. No sólo sus ojos, sino todo su escultural cuerpo tenía alrededor un aura de luz que le hacía diferente, maravilloso y extraordinario, como si se tratara de un auténtico ángel… era distinto, muy distinto a cualquier otro chico que hubiera visto jamás. Con toda seguridad superaba el metro ochenta de altura y hubiera jurado que la proporción entre sus hombros y su cintura debía corresponder exactamente a la que Leonardo Da Vinci había determinado en sus notas sobre el hombre de Vitruvio.

Me pareció que él también se había fijado en mí, pero no estaba demasiado segura; las ganas que tenía de que realmente fuera así podrían estar jugándome una mala pasada. Quise darle un codazo a Alina para que no se perdiera aquella increíble visión, pero estaba completamente paralizada, y terminó siendo ella la que tuvo que empujarme hacia delante para que despertara de mi ensoñación. Me volví hacia ella con un disgusto evidente.

― ¿Qué te pasa? El grupo está avanzando ―dijo Alina mirándome sorprendida.

― ¿No le has visto? –contesté―. El chico del pelo rizado que iba con el otro grupo.

―Creo que no ―respondió Alina indiferente―. ¿Por qué, me he perdido algo?

―Te has perdido la mejor visión que tendrás en tu vida.

―Vale, vale, estaré más atenta. Pero date prisa que se va nuestro grupo.

A ver si les alcanzamos otra vez, pensé. Mi adorado palacio había dejado de interesarme; sólo pensaba en acelerar el paso y conseguir salir de allí lo antes posible con la esperanza de localizar el autobús del otro grupo y averiguar, al menos, a qué escuela pertenecía. Necesitaba saber dónde podría volver a verle y conseguir que se percatara de mi existencia de cualquier modo. A cada paso se apoderaba de mí una sensación de desasosiego ¿Y si no podía alcanzar al otro grupo y no conseguía averiguar dónde localizarle?

―Alina, por favor, vamos a salir fuera ya.

―Pero ¿Qué dices? ¿Te encuentras mal? –preguntó preocupada.

Entonces lo vi claro: tenía que decirle a mi profesor que no me encontraba bien, que debía haberme sentado mal el desayuno para lograr que me dejara salir al exterior.

―Sí ―contesté lo más convincentemente que pude, poniendo cara de mareo―. Creo que no me ha sentado bien el desayuno.

― ¿Quieres salir fuera? Se lo diré al profesor. No te preocupes, yo te acompaño.

―Gracias ―respondí esperando que Alina se hubiera olvidado por completo de mi mención sobre aquel chico y no descubriera mis verdaderas intenciones.

―Vamos, ya se lo he dicho ―susurró Alina mientras avanzaba hacia mí con una sonrisa.

―Gracias, de verdad. Pero si quieres quédate a terminar la visita, puedo arreglármelas yo sola ―aseguré.

―No te preocupes, no es la primera vez que vengo. Si luego estás mejor, entramos otra vez.

Abandonamos al resto del grupo mientras Emma nos miraba sorprendida. Había estado chateando por el móvil con su “amigo” y se había perdido toda nuestra conversación anterior.

―Ahora volvemos ―le dije en voz baja.

Al salir fuera recobré cierto color en mi rostro, según me aseguró Alina. Mi estratagema había resultado más creíble de lo que había esperado, porque al parecer me había quedado algo pálida al haber visto al misterioso y maravilloso joven.

Más info sobre Gabriel

 

¿Conoces las leyendas de la flor Nomeolvides?

Gabriel y la flor de Nomeolvides: las 3 preciosas leyendas en torno a la bella flor azul que crece en Rumanía y otras partes del mundo.

gabriel nomeolvides

La primera de las leyendas habla de la existencia de un ángel, que Dios envió desde el cielo con un mensaje, sin embargo, al bajar a la Tierra, el ángel vió a una joven encantadora colocando sobre su pelo flores Nomeolvides.  Enamorado de ella, olvidó llevar a cabo su tarea. Al cabo del tiempo, al querer entrar de nuevo por las puertas del cielo, las encontró cerradas. El arcángel Gabriel se le apareció entonces y le encomendó la tarea de repartir por todo el mundo a las Hijas del Cielo, como mandato divino por haber olvidado dar el mensaje que Dios le había encomendado. Sin saber a qué se refería, el ángel le preguntó a su esposa que le respondió mientras desprendía de su pelo las flores:

–  Éstas preciosas flores azules Nomeolvides son las Hijas del Cielo a las que se refiere.

El ángel y su amada se dedicaron entonces a repartir por todo el mundo las flores  Nomeolvides y lograron así entrar juntos en el Reino de los Cielos.

La segunda de las leyendas habla de un caballero medieval que paseaba junto a su amada por la orilla de un río. Al ver ésta la belleza de un ramo de flores Nomeolvides, le pidió al caballero que se las cogiera. Pero al agacharse junto al río para coger las flores, cayó al agua. El peso de la armadura le impidió flotar, pero antes de hundirse, logró arrojar las flores a su amada mientras le decía “No me olvides”.

Gabriel

La tercera de las leyendas cuenta que después de que crecieran todas las flores, el Hada de las Flores les puso nombre, olvidándose de una de ellas. Las flores se pusieron muy contentas, pero una de ella estaba triste y lloraba a la orilla de un río. Cuando el Hada de las Flores le preguntó por el motivo de su llanto ésta contestó:

– Todas han recibido un bonito nombre, pero de mí te has olvidado.

El Hada, para pedir disculpas a la flor por su olvido, decidió ponerle un nombre para que nunca más nadie la olvidase:

– A partir de ahora te llamarás Nomeolvides.

Y así es como la pequeña y bella flor azul recibió su nombre.

Espero que te hayan gustado las leyendas. Puedes dejar abajo tus comentarios.

También puedes conocer la novela que está enamorando a toda España.

Primeros capítulos de Gabriel

GABRIEL (Trilogía Inger) Ficha técnica:

Gabriel. Trilogía Inger

TÍTULO:  Gabriel ( Trilogía Inger) ¿Qué harías si apareciese el amor de tu vida cuando ya estás muerto?

AUTOR: Vanesa Paredes González

Sinopsis:

SOFÍA:

“Cuando todos los planetas se confabulan en tu contra, sucede lo que jamás hubieras deseado: que tu madre encuentre el diario donde has plasmado tus más íntimos secretos, aquellos que son tan imposibles de explicar, como de creer”.

GABRIEL:

“Si crees que encontrar el amor de tu vida te da la felicidad absoluta: te equivocas. Cuando yo encontré al mío, ESTABA MUERTO. Ese es el motivo por el que estás a punto de leer la historia de amor más alucinante que conocerás jamás”

ISBN: 978-84-1331-423-5

Nº PÁGINAS:  332

1ª edición: noviembre de 2018 editorial Acen (agotada).

2ªedición: junio de 2019 editorial Círculo Rojo (a la venta).

FORMATOS: e-Book y papel

DÓNDE COMPRARLO:

En papel y dedicado por su autora: Página venta “Gabriel”

En TODAS LAS LIBRERÍAS DE ESPAÑA

en la web de Amazon

en la web CASA DEL LIBRO

y en El Corte Inglés

Si prefieres el ebook ( formato digital) puedes adquirirlo en la web de Casa del Libro

en El Corté Inglés

y en Tagus Books.

Editorial tradicional VS Editorial de Co-edición

Ya has enviado el  manuscrito de tu libro a las editoriales, y  ahora toca esperar. Sí, la espera desespera, pero tómatelo con calma, ahora hay muchas opciones para que tu obra vea la luz y cualquier persona que quiera, pueda disfrutar de ella.

Por si no lo sabes, ya existen muchas editoriales que, a cambio de un precio razonable, maquetan e imprimen tu libro para que puedas publicarlo (en Internet encontrarás bastantes) es lo que se denomina autoedición o co-edición, dependiendo de si tu haces todo el trabajo de edición con la ayuda de algunos profesionales de tu elección (auto-edición) o si tú sólo pones el dinero  y ellos se encargan de todo lo demás (co-edición).

Pero si lo que quieres es saber si alguna editorial tradicional ( la que pondrá, además del trabajo profesional, el dinero necesario para publicar tu libro) tendrás que esperar bastante, ya sabes, aquello de “he-larte de ser escritor”. El tiempo que las editoriales tardan en responder si quieren hacerse cargo de tu manuscrito, suele ser de unos 3 meses como mínimo, en ocasiones algo más, por lo que debes armarte de paciencia y, sobre todo, no insistir a nadie sobre si han leído o no tu manuscrito y si quieren o no publicártelo: si alguna se decide a hacerlo contactará contigo a través de tu correo electrónico o de tu número de teléfono; lo peor que puedes hacer es ponerte a llamar o escribir para preguntar sobre su decisión, eso no te hará ningún bien, y ten en cuenta que reciben muchos manuscritos todos los días, y no pueden leer el tuyo según les llega.

Si te responde alguna editorial de co-edición, te enviarán también, una vez que aceptes trabajar con ellos, un adjunto con los precios para publicar tu novela (algunos incluyen correcciones ortotipográficas, y/o de estilo, ambas muy recomendables). Ten en cuenta que ellos pondrán su sello editorial para tu obra, por lo que debes tomártelo en serio.  Los precios suelen oscilar entre los 600 y los 1200 euros, según los servicios que contrates, para una tirada inicial de 50 a 100 ejemplares. Piensa bien si quieres publicar con ellos y porqué, ya que si firmas un contrato, perderás la posibilidad de publicar con otra editorial, quizá con alguna que sí quiere pagar los gastos de impresión y maquetación de tu libro. No te precipites. Si prefieres esperar a que alguna editorial tradicional quiera publicar tu libro, deberás aguardar hasta que aparezca.

En el caso de Gabriel, varias editoriales de co-edición se pusieron en contacto conmigo para publicar mi novela, sin embargo, soy de la opinión de que, si alguien está dispuesto a poner su dinero para tu libro, entonces realmente confía en tu obra. Para mí eso era fundamental, por eso decidí esperar a que alguna editorial tradicional me llamara. Pero creo que cada uno tiene todo el derecho a decidir sobre su trabajo; al fin y al cabo, has puesto mucho empeño y dedicado mucho tiempo para hacer algo digno de compartir, y si quieres, y puedes gastar algo de dinero para ello, es una opción tan válida como cualquier otra.

Si necesitas contactar conmigo para hacerme alguna pregunta, estaré encantada de atenderte.

Contacta conmigo

Espero haberte servido de ayuda.

Ah, por si te animas a conocer Gabriel:

Gabriel (trilogía Inger)

Títulos publicados: Vanesa Paredes González.

Gabriel Inger

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título: GABRIEL (Trilogía Inger. Primera parte).

Autor: Vanesa Paredes González.

Primera edición : editorial Acen (agotada) noviembre de 2018.

Segunda edición : editorial Círculo Rojo (ya a la venta) junio de 2019.

ISBN: 978-84-1331-423-5

Formatos: e-book y papel.

Nº páginas: 332.

Descripción: ¿QUÉ HARÍAS SI APARECIESE EL AMOR DE TU VIDA CUANDO YA ESTÁS MUERTO?

Gabriel y Sofía se ven por primera vez en el castillo Peles; un encuentro un tanto inusual, que ligará sus vidas para siempre.

Puntos de venta:

 Web de la editorial ( recíbelo DEDICADO)

Todas las librerías de España y webs de Casa del Libro y AMAZON

Si prefieres el e-book entra en  Casa del Libro o en  Tagus Books

cubierta el tipo del abrigo gris.indd

Título: EL TIPO DEL ABRIGO GRIS (Trilogía Inger. Segunda parte)

Autor: Vanesa Paredes González.

Editorial: Círculo Rojo.

ISBN: 978-84-1338-518-1.

Formatos: papel y digital.

Número de páginas: 328.

Descripción: SÓLO UNO DE LOS DOS SOBREVIVIRÁ.

Gabriel y Sofía tendrán que enfrentarse al tipo del abrigo gris en el verano más aterrador de sus vidas. Sólo uno de los dos sobrevivirá.

Comprar en papel DEDICADO

Casa del Libro (papel con DESCUENTO)

Amazon (papel con DESCUENTO)

El Corte Inglés ( Ebook con DESCUENTO)

TAGUS BOOKS ( ebook)

 

 

 

 

 

 

 

Título: Versos desde el corazón

Autor: Obra colectiva

Editorial: Diversidad Literaria

ISBN:  978-84-949148-7-4

Contenido: Antología poética. Recopilatorio de poemas de varios autores seleccionados en VIII Concurso Versos en el Aire.

 

 

 

 

 

 

Título: Tragedias poéticas

Autor: Obra colectiva

Editorial: Diversidad Literaria

ISBN: 978-84-948677-7-4

Contenido: Antología poética. Recopilatorio de poemas de varios autores seleccionados en III Concurso Tragedias Poéticas.

 

 

 

Gabriel. Primeros capítulos. 2ª edición.

Gabriel 2º Edición

 PRÓLOGO DE SOFÍA:

Cuando te encuentras al borde de la depresión te lanzas al espejismo de creer que las cosas ya no pueden empeorar más. Pero cuando te acercas a la realidad, el espejismo desaparece y tu vida se complica hasta límites insospechados.

Cuando todos los planetas se confabulan en tu contra sucede lo que jamás hubieras deseado: que tu madre decida hacer la colada y encuentre el diario donde has plasmado tus más íntimos secretos. Aquellos que, aunque quisieras, no puedes explicar.

PRÓLOGO DE GABRIEL:

Si crees que encontrar el amor de tu vida te da la felicidad absoluta, te equivocas. Cuando yo encontré al mío ESTABA MUERTO. Sí, has leído bien; todas las deliciosas expectativas de un joven de diecinueve años como yo, con una vida envidiable, se fueron al traste… Pero no es eso de lo que quiero hablarte: lo que quiero contarte es la historia de amor más alucinante que leerás jamás; porque como ya te he dicho, encontré a la mujer de mi vida cuando ya estaba muerto y, claro, eso complica un pelín las cosas….

Una noche de sábado en la que regresaba de divertirme en una discoteca con mis dos mejores amigos, el coche en el que viajábamos se salió de la calzada acabando con la vida de mis amigos y también con la mía.

Desde entonces todo lo que siempre había creído sobre la vida, la muerte y sobre mí mismo dejaron de tener sentido definitivamente.

 

CAPITULO 1. Accidente mortal.

―Levanta ya el pie por favor, Jorge ―dijo Cristina por tercera vez consecutiva, con un tono mucho más severo que las anteriores.

Entonces miré el cuentakilómetros del BMW rojo de Jorge y sobrepasaba los 110 kilómetros por hora por muy poco; no parecería algo exagerado si no fuera porque circulábamos por la serpenteante carretera de doble sentido que une Brasov con Predeal.

Mis amigos y yo salíamos a divertirnos a Brasov, pero vivíamos con nuestros padres en Predeal. Es una ciudad de la zona centro de Rumanía perteneciente a la provincia de Brasov, en Transilvania. Está prácticamente inmersa en los montes Cárpatos, donde crecen pinos de hasta cuarenta metros de altura, por lo que además de increíblemente bella es también bastante fría durante casi todo el año. La carretera, a pesar de las quitanieves y de la sal, suele ser muy peligrosa en invierno pues las nevadas que soporta son tan bonitas como copiosas.

Aquel diecinueve de enero, regresábamos de una noche de fiesta que no había tenido nada de particular: yo no había conocido a ninguna chica que despertara un verdadero interés en mí (cosa que pasaba habitualmente) pues un físico bonito no podía atraer mi atención más allá de unos pocos segundos. A mis recién estrenados diecinueve, comenzaba a necesitar que apareciera una persona cuya conversación resultara más atractiva que su rostro o su cuerpo.

El hecho de tener sólo dos buenos amigos no me importaba demasiado, pues nunca me había gustado especialmente estar rodeado de mucha gente. Además resultaba divertido competir por las miradas femeninas con Jorge, que tenía unos enormes ojos azules y un metro ochenta de altura ―sólo tres centímetros menos que yo.

Aquella noche Jorge había tomado cuatro o cinco copas de whisky con cola, a pesar de haber prometido antes de que llegáramos a la discoteca que no bebería alcohol. Yo insistí en que me dejara conducir a mí, puesto que también tenía carné y sólo había pedido refrescos, pero sus padres acababan de regalarle el coche y se negó en rotundo a que yo condujese.

Mi amiga Cristina, a la que conocía desde niño porque vivía muy cerca de mi casa, era casi siempre “la tercera de nuestro par”. Jorge la aceptaba con agrado por su gran sentido del humor y su capacidad de adaptación a nuestras conversaciones masculinas. Cris tenía un largo y bonito pelo negro con el que no parecía sentirse demasiado conforme, unos ojos marrones tan pequeños como alegres y unos labios finísimos, casi inexistentes. Era bastante delgada y de estatura media, quizá algo más baja que otras chicas de nuestra edad. Ella también había cumplido su rutina de los fines de semana: maquillaje, pelo planchado y vestido negro de los sábados noche. Y como era de esperar había obtenido los mismos resultados que de costumbre: nada de ello había servido para despertar el interés de ningún pretendiente.

―Levanta el pie, por favor ―dijo Cristina de nuevo, esta vez bastante más preocupada.

―Tiene razón, si hubiera traído mi coche habrías vuelto solo a casa –intervine en apoyo a la cordura.

―Controlo perfectamente ―contestó Jorge con enfado–. Llevo tres años pasando por esta misma carretera cada fin de semana, la conozco como la palma de mi mano… Ahora curva a la derecha, otra más cerrada a la izquierda, de nuevo una recta que me invita a pisarle más… Ja, ja, ja…

Miré detrás para comprobar porqué Cristina había desistido del intento. Cuando giré de nuevo la vista hacia delante, la cegadora luz blanca de un camión avanzaba hacia nosotros a la velocidad del rayo…

Entonces todo sucedió tan rápido que no puedo recordarlo con claridad. Jorge se abalanzó sobre mí golpeándome la cara con algo y yo a su vez choqué contra el cristal derecho del coche…

Cuando desperté estaba boca abajo apresado por el cinturón de seguridad; no podía girar el cuello hacia ninguno de los dos lados y sólo escuchaba un ensordecedor ruido en mi cabeza a punto de estallar por el dolor…

     ― ¿Puede oírme? ¿Puede oírme?

Alguien me hablaba desde un punto lejano que no lograba identificar; después… la oscuridad.

La sala era bastante luminosa, las paredes estaban pintadas de blanco y atravesadas por una ligera línea azul cielo. El techo era de un blanco puro y la puerta de un tono gris claro, desgastado a causa de las manos de cientos de personas. Me rodeaban aparatos por todas partes. Una aguja enorme atravesaba mi antebrazo izquierdo, pero el dolor más punzante no provenía de éste sino de mi maltrecha coronilla, donde una aguileña presión seguía clavando sus garras. El gotero dejaba caer una incesante y molesta gota cada pocos segundos, que recorría un largo y delgado tubo transparente hasta aterrizar justo delante de la aguja que tenía incrustada en la vena.

Los cristalinos ojos azules de mi madre permanecían clavados sobre mí de una forma mucho más punzante que la aguja de mi brazo, mirándome aterrados como nunca antes lo habían hecho. Tenía su claro y largo cabello mucho más enmarañado de lo que sus habituales enormes rizos solían conseguir en cuestión de segundos –los mismos que yo había heredado por gracia divina–y llevaba puesto el abrigo de paño marrón que usaba habitualmente para ir a trabajar por las mañanas. Pero mi madre, no era mi madre.

Después de muchos años de esfuerzo, lucha y perseverancia, consiguió demostrarles a sus reticentes compañeros masculinos que una mujer con un bebé puede ascender dentro de una sucursal bancaria hasta llegar a dirigirla, con la misma capacidad de trabajo que un hombre. Desde su infancia hasta el último año de universidad, año en el que conoció al que sería mi padre, mi madre fue diecisiete veces consecutivas la primera de su promoción, terminando la carrera de Economía y Empresariales con la mejor nota de todo el país.

Los ojos castaños de mi padre, que me había legado al nacer, ni siquiera parecían estar mirándome a mí; se perdían a través del infinito de la ventana que estaba situada justo enfrente del cristal que tenían delante, el cual les impedía colocarse junto a mi cama, y a través del que me inspeccionaban ansiosos de arriba a abajo en busca de cualquier tipo de daño.

Mi padre era ligeramente más bajo que yo, no hacia mucho deporte y, sin embargo, lucía casi tan fuerte y bien proporcionado como su hijo. También había tenido suerte en la vida: no sólo había logrado enamorar a la mujer más bella e inteligente de toda Rumanía, sino que durante el que fue su primer año como estudiante de Derecho comenzó a colaborar en uno de los bufetes de abogados con más prestigio de Bucarest, despacho en el que a sus cuarenta y nueve años aún permanecía trabajando.

En esos momentos yo ya no sentía demasiado dolor, exceptuando la terrible presión de mi cabeza que continuaba con su imparable sensación de hinchazón.

Entonces entró por la puerta una guapa enfermera, de cabellos rubios y ojos verdes, que me miró con una cara de lástima tan inmensa que consiguió llegar a molestarme. Comenzó a girar la ruedecita del gotero con cierto nerviosismo mientras yo intentaba concentrarme en sus espectaculares ojos. Luego miró hacia uno de los aparatos para comprobar horrorizada que las pulsaciones de mi corazón descendían de forma preocupante. Salió disparada de la sala gritando algo que no conseguí entender, y a los pocos segundos entraron cinco o seis personas rodeándome por todas partes; uno de ellos tiró rápidamente de la sábana que me cubría y después sentí una descarga sobre mi pecho.

 

CAPITULO 2. Una chica muy normal.

―Sofía, baja ya que llegamos tarde otra vez –gritó mi hermana desde el salón.

Rebeca empezaba a estar verdaderamente harta de llegar siempre la última a causa de mi lentitud por las mañanas. Nunca escogía la noche anterior lo que iba a ponerme la mañana siguiente, lo que suponía que cada día necesitaba más de media hora para probarme varias de las prendas de mi armario hasta decidirme por algún conjunto en concreto; ritual que conseguía, como ninguna otra cosa, sacar de sus casillas a mi hermana de catorce años.

Nuestra casa era bastante amplia. En la planta baja teníamos un salón clásico con muebles de madera color cerezo y una enorme chimenea; la cocina, también amplia y con mobiliario de madera, y un cuarto de baño pequeño con el suelo marrón y los azulejos beige. En la planta de arriba estaban las habitaciones de mamá y papá, la de Rebeca, la mía y el cuarto de baño grande. Mi hermana tenía decorada su habitación en tonos verdes, cubierta de peluches y un póster de Justin Bieber. En mi cuarto, sin embargo, reinaba la austeridad, el orden y los colores claros. La fachada exterior de la casa estaba revestida de piedra color pizarra en la parte de abajo y pintada de un gris claro en la parte de arriba. El tejado, en perfecta forma piramidal para evitar la acumulación de nieve durante los largos y duros inviernos rumanos de las zonas de montaña, era de color oscuro.

―Sofía, yo ya me voy. No te lo digo más.

―Ya bajo, de verdad ―grité desde mi cuarto―. Ya estoy ―anuncié mientras bajaba las escaleras de mi casa de dos en dos.

La verdad es que para mí no estaba. No me convencía del todo la ropa que había elegido, cosa que me sucedía casi a diario a causa de mi inseguridad por la moda. Nunca había destacado por ser la que mejor conjuntaba la ropa, pero sabía que tampoco tenía la fama de hortera que ostentaban otras chicas de mi clase. Pensando en ello, lograba tranquilizarme mientras recorríamos el camino hacia el instituto en el autobús escolar.

Por suerte, hacía escasamente un año que la empresa encargada de la ruta escolar había renovado el autocar y contábamos con unos asientos confortables, forrados de un acogedor terciopelo gris y con una calefacción lo bastante fuerte como para arriesgarte a desprenderte del abrigo durante el trayecto: el invierno en Rumanía es permanentemente blanco y permanentemente gélido.

―Menos mal que hemos cogido a tiempo el autobús ―me recriminó Rebeca mirándome de soslayo–. Si hubiera tenido que caminar en esta nieve con mis botas nuevas durante veinticinco minutos, no te lo habría perdonado nunca –aseguró.

― ¿Lo ves? –dije con voz triunfal–. Al final me ha dado tiempo.

Mi hermana me miró con ojos asesinos y decidí que era el momento de callarme.

Rebeca había heredado el fuerte carácter de mi madre, además de sus bonitos ojos verdes, su dorado pelo castaño y su elegante nariz. Siempre sabía qué ponerse, y gozaba de bastante popularidad en el instituto a pesar de obtener casi siempre las notas más altas de su clase.

Yo había tenido que conformarme con unos comunes ojos marrones, legado de mi padre, y con un cabello castaño algo más oscuro que el de Rebeca y bastante más rebelde, lo que, en mi opinión, me otorgaba el incuestionable derecho de usar el cuarto de baño diez o quince minutos más que mi hermana. Ambas teníamos la misma piel clara de nuestra madre.

Al bajar del autocar, Adrián me estaba esperando junto a su Audi plateado como cada día, con sus pantalones vaqueros, su cazadora de cuero marrón y su pelo negro estratégicamente colocado. Y, como cada día, mi hermana se despidió rápidamente de mí con una media sonrisa y una mirada cargada de ternura que me indicaba que ya se había olvidado por completo de nuestra tensión matinal.

―No sé por qué tienes que venir en el autobús escolar teniendo yo mi coche –afirmó con orgullo.

―Sabes que tengo que cuidar de mi hermana y que me gusta que vengamos juntas –le recordé.

Puso cara de fastidio y continuó con su discurso:

―Creo que ya es suficientemente mayorcita para venir sola –sermoneó.

Conocí a Adrián en mi instituto cuando estábamos en octavo curso. Siempre había sido un buen amigo para mí, pero él me veía como algo más y últimamente insistía demasiado en que viajáramos solos en su coche. Me había pedido salir en dos ocasiones y en ambas se había llevado una negativa por respuesta. Sin embargo, como albergaba la esperanza de que yo cambiara de opinión, procuraba aparentar que no le había ofendido. Mis amigas opinaban que se trataba del candidato perfecto, y no sólo porque su familia era una de las más adineradas de Predeal sino porque además era bastante guapo. Tenía más o menos un metro ochenta de altura y unos enormes y cristalinos ojos azules. Siempre vestía con ropa cara que le sentaba bastante bien, y gozaba de la simpatía de la mayoría de los chicos del instituto y del interés de muchas de las chicas. Sin embargo, yo no podía verle como un novio sino sólo como un amigo especial. De hecho, a mis diecisiete años aún no había salido con nadie formalmente pues consideraba que no me había cruzado con el chico adecuado para mí aunque a Adrián le costara aceptarlo.

Para mis padres, el hecho de que no tuviera novio resultaba un verdadero alivio pues compartían la opinión de que lo primordial debían ser los estudios, y de que un noviazgo en el instituto acabaría suponiendo el abandono de éstos tarde o temprano.

―Tengo que irme a clase. Nos vemos en el recreo ―añadí dando media vuelta para que no pudiera insistir más en llevarme al instituto con su coche.

No compartía clase con Adrián, ya que yo estudiaba Letras y Arte, y él Ciencias y Tecnología, por lo que, normalmente, nos veíamos durante los descansos o quedábamos para salir algunos fines de semana. La verdad es que me aprovechaba del hecho de que él tuviera coche y ya fuese mayor de edad para divertirme los sábados; aunque siempre nos acompañaba alguna de mis amigas.

Después de despedirme de Adrián, anduve hasta el edificio de mi escuela con cuidado de no resbalar en el suelo helado, sin volver la vista atrás. Me incomodaba que él se sintiera atraído por mí, pero tampoco quería prescindir de su amistad por ese motivo pues siempre se había portado muy bien conmigo y juntos nos divertíamos bastante.

Alcé la mirada del suelo para no tropezar en la escalera y entrar cuanto antes al centro.

Mi instituto se mantenía muy bien conservado, a pesar de tener más de cuarenta años de antigüedad. Las puertas de la entrada eran de hierro forjado y las paredes exteriores de hormigón pintado de blanco. Cada mes de agosto, sin falta, éstas recibían una nueva capa de albo. En el interior las paredes tenían un tono gris azulado en la parte superior y un gris oscuro en la inferior. Las aulas, pintadas completamente de blanco, tenían las puertas de un gris parecido al del hormigón y las mesas y las sillas eran de madera lacada casi en el mismo tono. En mi clase había apenas veinte alumnos, ya que la opción de Letras puras no suele gozar de mucho éxito entre los jóvenes. Nos sentábamos de dos en dos con quien elegíamos nosotros mismos.

Yo compartía mesa con Alina, mi mejor amiga desde sexto curso. Ambas sentíamos un gran cariño por la otra y teníamos una complicidad especial que sólo nosotras sabíamos entender. Aceptaba con agrado que Adrián se uniera a nuestras juergas, pues también opinaba que era un chico divertido con el que se podía charlar de cualquier tema. Alina tenía unos preciosos ojos verdes, un pelo castaño tan liso que provocaba en mí cierta envidia, y un cuerpo esbelto digno de una modelo.

Emma, que pertenecía a la clase de al lado, donde estudiaban Matemáticas, se había unido a nuestro dúo hacía sólo unos meses. Tenía los ojos claros y un cabello rubio perfecto, que captaba la atención de todos los chicos cada vez que salíamos juntas. Siempre estaba dispuesta a echarte una mano en cualquier cosa, incluso antes de que se lo pidieras. Con ella nunca faltaba una amplia sonrisa o una broma que eliminara la tensión en el momento más apropiado: su amistad resultaba verdaderamente inestimable.

La mañana fue aburrida como de costumbre. La señorita María explicaba las declinaciones en latín, vestida con un estrafalario atuendo que casi siempre consistía en una falda por debajo de la rodilla, una chaqueta de varios colores, un pañuelo a juego con ésta y unas gafas pasadas de moda que apenas dejaban entrever sus pequeños ojos verdes. Sin que tuviéramos tiempo de reaccionar, pasaba directamente a las traducciones en griego, borrando cualquier rastro de latín de la pizarra.

Gracias al profesor de Arte, el final de la mañana se tornaba más interesante y las últimas horas resultaban más amenas y llevaderas.

Mi maestro de Arte era un tipo simpático que amaba la pintura renacentista sobre todas las cosas. Aunque ya había pasado de los cuarenta, y en su cabello negro aparecían las primeras canas, procuraba relacionarse con los alumnos desde la complicidad y a menudo lo conseguía. También usaba gafas, por supuesto mucho más modernas que las de mi profesora de lenguas clásicas. Era bastante bajito, delgado y con la piel y los ojos oscuros. Solía poner diapositivas en casi todas las clases, por lo que, si estabas cansado o aburrido, pasabas desapercibido más fácilmente.

A la salida, mi hermana me esperaba con la sonrisa habitual de haber terminado la jornada y poderse marchar por fin a casa para jugar en su habitación con el ordenador. Subíamos de nuevo al autobús, con un frío que te calaba hasta los huesos y los pies empapados por la nieve derretida; y agradecíamos con veneración absoluta que el conductor siempre tuviera encendida la calefacción al máximo.

Por la tarde, dedicaba la práctica totalidad del tiempo a traducir los textos latinos y a hablar por el chat de Whats App o de Facebook con mis amigas.

Cuando llegaban mis padres del trabajo –mamá de haber pasado ocho horas cosiendo frente a una máquina antigua y papá de velar por las innumerables especies forestales y animales del Parque Natural Bucegi– yo ya había preparado la cena para los cuatro. Cocinar era una de mis habilidades más destacables, y toda mi familia estaba de acuerdo en que fuese yo la encargada de preparar el yantar cada noche.

 

CAPITULO 3. Una existencia diferente.

Desperté de nuevo sumido en un sopor insoportable. Pero ya no me dolía nada y me sentía tan liviano que mis setenta kilos parecían haberse reducido instantáneamente a menos de la mitad. La sala donde me encontraba parecía la misma sólo que con muchísima más luz. Oía voces lejanas y un ir y venir de gente atareada que me resultó sorprendentemente distante. Me levanté de la cama e intenté abrir la puerta con todas mis fuerzas, pero pesaba tanto que no pude. La sensación de ser demasiado ligero incrementaba con cada intento. Estaba atrapado en aquella sala y ni siquiera disponía de la fuerza suficiente para abrir una simple puerta ―­cosa que no tenía por qué resultarme tan difícil, teniendo en cuenta mi pasión por el judo― ¿Cómo podía haber abierto aquella guapa enfermera la puerta con tanta facilidad? ¿Y por qué yo no podía hacerlo? Entonces me asomé por el grueso cristal en busca de alguien que quisiera ayudarme, y vi a mi madre sentada sobre una silla gris de plástico, unida a una hilera de sillas idénticas, con el rostro cubierto por sus propias manos. Lloraba con un dolor silencioso y penetrante que martilleó mis oídos hasta hacerme caer de espaldas.

Cuando me levanté para mirar de nuevo a través del cristal mi padre avanzaba por el pasillo arrastrando los pies con intensa desgana. Después le ofreció a mi madre un vaso de plástico que contenía un líquido humeante. Ambos se sentaron de nuevo. Los ojos de mi padre se inundaron también de lágrimas y observé cómo el hombre más importante de mi vida giraba la cara en un vano intento de que mi madre no le viera llorar.

Entonces, la bella enfermera de ojos verdes y bata blanca que me había mirado con esa lástima insultante se acercó a ellos y les susurró unas palabras de tranquilidad que no parecieron servir para nada. Mientras frotaba la espalda de mi madre, dijo:

―Sé que esto es muy duro pero tienen que intentar sobrellevarlo con fuerza. Dios les ayudara a conseguirlo.

De repente me di cuenta de que había podido escuchar a la perfección las palabras de aquella joven enfermera, a pesar de que la puerta continuaba cerrada y el cristal que daba al pasillo debía tener un grueso de más de un centímetro. ¿Cómo era posible? ¿No podía ni abrir una puerta, pero sí escuchar lo que decían al otro lado perfectamente?… Y, ¿por qué lloraban así mis padres?  Un escalofrió recorrió todo mi cuerpo, me giré hacia la cama y me sorprendí a mí mismo tumbado sobre ella con la aguja del gotero penetrando aún mi brazo y con los ojos cerrados. Estaba… ¡muerto! ¡ESTABA MUERTO!

Caí al suelo abatido, sin poder dar crédito a lo que acababa de ver. ¡Había muerto! ¡Todo había terminado! ¿Era posible? Alcé la vista desconcertado, no entendía nada. ¡Solo tenía diecinueve años! ¿Nunca volvería a hacer deporte? ¿No conocería a la chica maravillosa que había estado esperando? ¿No podría ir nunca más a la Universidad para terminar la carrera de Historia del Arte? ¿Jamás llegaría a impartir clases a estudiantes universitarios, fascinados tanto como yo por las pinturas de David y las esculturas de Miguel Ángel? ¡Todos mis sueños se habían destrozado, se habían hecho añicos ante mis propios ojos! … ¿Delante de mis propios ojos? ¿Cómo era posible? Me estaba viendo a mí mismo tumbado en una cama del hospital totalmente inerte, y al mismo tiempo estaba de pie en la misma sala. Con diecinueve años no había creído necesario plantearme aún ese tipo de cosas, creía en la vida después de la muerte, pero para nada suponía que sería algo parecido a eso, y mucho menos que sería en el mismo lugar donde había pasado toda mi vida… Debería estar en una especie de limbo, con el resto de personas que habían cruzado al nuevo mundo antes que yo, no en la habitación del hospital donde había perdido la vida… ¿Era posible algo semejante? Quizá estaba atrapado aquí porque había muerto demasiado joven y tenía muchas cosas por hacer todavía, pero ¿Cómo iba a hacerlas ahora, si ni siquiera podía abrir una miserable puerta de hospital?

Tuve que volver a sentarme, calmarme, y empezar a asumir lo que tendría que hacer a partir de entonces, pero ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Por qué me había quedado así? Era absurdo ¡No tenía fuerza ni para girar un picaporte! … Entonces, pensé en mis padres, y me percaté de que mi cometido debía ser el de velar por ellos: había sido su único hijo y había muerto a los diecinueve años ¿Cómo podría soportar eso una madre cuya vida había estado, desde el momento que me trajo al mundo, supeditada a la mía? ¿Cómo podría seguir adelante una mujer que tenía como prioridad hacerme siempre feliz? ¿Qué iba a pasar con mi padre? ¡Tenía que salir de ahí y decirles a mis padres que no debían sufrir! Que, de algún modo, yo seguía existiendo. Que no tendrían que vivir una vida amarga, sin sentirme cerca nunca más. Al menos, eso creía. No sabía cómo iba a conseguirlo, pero iba a conseguirlo, de eso estaba seguro.

Por el momento, lo primordial era pensar en cómo salir de aquella sala. Así que decidí hacer acopio de toda la calma que me fuera posible. Estaba claro que mi cuerpo ya no tenía vida, sin embargo, mi alma o mi espíritu aún conservaba cierta energía: debía aprender a controlarla si quería abandonar aquella habitación que había pasado a convertirse en una auténtica cárcel. Entonces me di cuenta de que la energía de la que disponía seguramente no provenía de mi cuerpo, tal y como había sucedido hasta el momento de mi muerte, sino de mi mente. Si quería salir de allí para volver a ver a mis padres, debía aprender a controlar la vitalidad que me quedaba y canalizarla hacia mis manos para lograr girar aquel maldito picaporte.

Me concentré todo lo que pude en conseguir dicho propósito y, después de unos minutos centrando toda mi energía sobre mis manos ni siquiera logré mover tímidamente el picaporte causante de mi desgracia.

No iba a tirar la toalla tan pronto: necesitaba salir de aquella habitación como fuera; sin embargo, ni iba a resultar fácil, ni lo iba a lograr tan rápido como deseaba. Necesitaba armarme de paciencia, por lo que descansé varios minutos antes de volver a intentarlo de nuevo.

No sé cuántas veces tuve que repetirme a mí mismo que podía lograrlo, ni cuántas otras fracasé estrepitosamente en mi intento, antes de darme cuenta de algo que podría haber sido obvio para mí, pero que en esos momentos no me resultó nada evidente: si era sólo un espíritu no necesitaba abrir aquella puerta para poder salir de las ala, simplemente debía pasar a través de ella.

Deslicé lentamente mi pie derecho para no recibir un golpe inesperado a causa de la impaciencia y, para mi sorpresa, mi pie atravesó aquella puerta con una facilidad pasmosa. ¡Lo tenía! Podía entrar y salir de cualquier lugar sin necesidad de ejercer ningún tipo de fuerza física. Evidente, aunque también demasiado desconcertante.

Todo había cobrado cierta claridad para mí. No necesitaba vigor físico porque ya no tenía un organismo como el de antes: era una especie de espíritu sin el cuerpo que me había acompañado durante diecinueve años.

Al abandonar la habitación y salir al pasillo, abandoné también mi suerte, pues mis padres ya se habían marchado.

Deambulé por las interminables galerías del hospital, observando a los enfermos arrastrar al unísono los pies y los goteros, y a sus resignados familiares caminar sosteniendo sus brazos a paso de caracol mientras avanzaba hacia la salida. Algo me resultaba extraño porque ninguno de los que se cruzaban conmigo me dirigía en absoluto la mirada, parecía como si… ¡No pudieran verme!

―Disculpe, señora… ―Nada, ni caso―. Perdone, estoy buscando la salida ―supliqué de nuevo a un hombre alto y delgado con un abrigo marrón que se cruzó conmigo.

Ni siquiera alzó la vista de su teléfono móvil. Quizá estaba demasiado ocupado. Lo intentaría una vez más:

―Perdone, señorita… ―dije casi gritando a una joven enfermera de largo cabello castaño que me pareció amable a simple vista. Tampoco tuve éxito, continuó con su paso acelerado dejándome atrás. Yo me giré para verla marcharse y comprobé que no sólo no podía verme, tampoco podía oírme.

¡Nadie podía verme ni oírme por mucho que gritara! Me estaba volviendo loco por momentos ¿Qué significaba eso? ¿Qué pintaba yo en el mundo si no podía hablar con nadie? Mi esperanza de consolar a mis padres se había visto truncada irremediablemente.

Estaba horrorizado, pero cada vez tenía más claro que no podía rendirme tan fácilmente. Mi alma había permanecido en la Tierra con algún propósito, y yo no encontraba otro más importante que el de comunicarle a mis padres que no estaba sufriendo y que tampoco había desaparecido; bueno, al menos no como ellos debían suponer en esos momentos. Aquellos pensamientos me otorgaron nuevas fuerzas y decidí salir del hospital y averiguar por mí mismo cómo podía regresar a casa. No sabía si estaba demasiado lejos, pero tenía la sensación de que el cansancio físico había dejado de suponer un impedimento para mí: aunque tardara varios días en llegar hasta ella, finalmente lo lograría.

Mientras caminaba por las calles en la oscuridad de la noche, me di cuenta de que no ser oído ni visto podría ser también una ventaja y no sólo un obstáculo insalvable, como me había parecido hasta ese momento. Podía averiguar con qué autobús llegar a casa y subirme en él sin que nadie se percatara de ello y sin tener que pagar un solo leu que, por supuesto, no llevaba encima. En ese momento fui consciente de algo que, por un instante, me arrebató una sonrisa: no llevaba puesto un pijama de hospital sino el atuendo con el que sufrí el accidente.

Por suerte, no estaba demasiado lejos de casa, y el autobús 45 me dejaría lo bastante cerca como para poder seguir “a pie”.

El único inconveniente era la hora: más de las doce, según el reloj de pulsera de una señora bastante gruesa que había entrado con mucha prisa por la puerta principal del hospital; por lo que tardaría al menos una hora en poder coger el siguiente autobús.

La flota de autocares de Predeal pertenecía la Ayuntamiento. El exterior, de un rojo desgastado por los años y el descuido, solía contener publicidad. El interior, que tampoco estaba bien conservado en ninguno de los coches del consistorio, tenía los asientos forrados de una tapicería azul, un suelo gris oscuro, salpicado de pequeñas chispas brillantes multicolor y unas paredes abarrotadas de pintadas.  El penetrante aroma de medicamento del que no me había logrado librar hasta entonces dejó aso a otro , casi igual de penetrante, de horas y horas de tránsito humano.

Desistí del intento de hablar con ninguno de los que se cruzaron en mi camino, ya que la experiencia del hospital me había dejado lo bastante traumatizado. Aun así, sabía que tarde o temprano debería enfrentarme a ello quisiera o no, a no ser que descubriera otro modo de poder comunicarme con mi familia que no fuera la palabra, cosa muy poco probable. Esa realidad me entristecía hasta un punto poco soportable, ya que no me sentía capaz de imaginar otras formas de comunicación alternativas.

Lo primero era concentrarse en llegar a casa y después, bueno, posiblemente tendría todo el tiempo del mundo para encontrar el modo de ponerme en contacto con mis padres.

Mi casa era la envidia del resto de vecinos. Tenía 120 metros construidos y 300 metros cuadrados de parcela, donde mi madre había mandado excavar una enorme piscina circular, rodeada de césped natural y numerosas plantas de exterior.

La fachada estaba salpicada con numerosas piedrecitas de tonos claros y la puerta era de madera maciza.

Dentro había cuatro dormitorios, por lo que dos permanecían siempre vacíos. Mi cuarto tenía un mobiliario de madera clásica color cerezo elegido por mí, con la aprobación de mi madre, y las paredes de un blanco liso tapadas con algunas fotos de mis competiciones de judo y mi póster de Coldplay. Sobre la mesa de estudio tenía los libros de la universidad y un ordenador portátil negro. En las estanterías de la pared mis libros de Arte y la mayoría de los trofeos de judo con los que posaba en las fotografías de la pared.

Nuestro enorme salón de estilo rústico, situado justo enfrente de la puerta de entrada, contenía el resto de mis trofeos deportivos.

La cocina, con muebles de color teja combinado con crudo, se mantenía limpia y ordenada en cualquier momento del día.

Los dos cuartos de baño también estaban decorados en estilo rústico. El más grande tenía ducha de hidromasaje, y el pequeño, una bañera donde casi podía tumbarme.

Al llegar a casa todo estaba desordenado. Nunca hubiera imaginado así mi hogar, porque mi madre era exactamente lo que se llama una “aspiradora humana”. Odiaba el desorden hasta puntos que yo  nunca lograría comprender, pero que dejaban lo suficientemente claro que ningún miembro de la familia estaba autorizado a poner un solo pie fuera de ella sin haber terminado de ordenar completamente su habitación o de recogerlos platos de la cena. En el sillón del salón se acumulaban varios abrigos de ambos y sobre la mesa permanecían dos tristes vasos de leche, prácticamente llenos, junto a dos magdalenas intactas envueltas en su papel original. Estaba claro que aquello se debía a la pérdida que habían sufrido, lo que me entristeció de una forma tan viva que me sorprendió que realmente pudiera estar muerto.

Mis padres se encontraban en su cuarto pero no dormían. Mi madre hablaba entre sollozos y mi padre prácticamente no decía nada. Yo podía escucharlos perfectamente desde el salón, a pesar de que ambas puertas permanecían totalmente cerradas, pues en esta “nueva vida” había adquirido una capacidad inusual para escuchar a la perfección hasta el más mínimo susurro.

Mi madre no paraba de repetir:

― ¿Por qué nos ha tenido que pasar esto a nosotros? Sólo tenía diecinueve años, era un niño, era mi niño…

Mi padre tan sólo decía:

―Hay que tener fe, tenemos que ser fuertes. ―Con tan escasa convicción de sus palabras que lo único que lograba es que mi madre estallara de nuevo en un llanto aún más desesperado.

Aquello me entristecía demasiado así que decidí salir fuera un poco, con el fin de calmarme y de plantearme cómo sería capaz de comunicarme con ellos.

El manto de hielo que cubría absolutamente todo me hizo darme cuenta de que debíamos estar a algún grado bajo cero. Pero yo, por supuesto, no sentía el menor frío. Sin duda otra nueva ventaja.

Por más que pensaba no era capaz de discernir nada claro. ¿Había otra alternativa a la palabra? ¿Cuál? Quizá con muchísimo esfuerzo lograra mover algún objeto; pero con ello lo único que conseguiría sería, a lo sumo, asustarlos. Entonces se me ocurrió la posibilidad de escribir una carta para mi madre. Así que entré de nuevo en casa en busca de papel y bolígrafo… Aunque para aquello, hacía falta una fuerza física de la que ahora carecía. ¡Era absurdo! ¿Para qué seguía allí todavía si ni siquiera podía consolar a mis propios padres? ¿Lo único que iba a poder hacer era escuchar con aterradora nitidez sus lamentos clavándose como espinas envenenadas en mi nuevo y extraño corazón? Aquello no era para nada lo que había esperado de esta nueva existencia y nunca me resignaría a ello.

Abandoné mi casa aún más trastornado que cuando había salido del hospital, creyendo que en la oscuridad y el silencio de la noche podría aclarar mis pensamientos o, al menos, discernir entre mis posibilidades, recordar algo sobre el hospital o sobre el accidente que fuera útil… En ese momento me percaté de que no sabía lo que les había sucedido a Cristina y a Jorge después del accidente: por culpa de mi increíble estado había olvidado completamente que mis dos mejores amigos también viajaban en el coche aquella fatídica noche. Corrí hacia la casa de Cristina, deseando con todas mis fuerzas que por lo menos ella hubiera sobrevivido; la vida no podía ser tan injusta con ella y su familia. Hasta el mismo día de mi muerte, yo había gozado de todas las comodidades y las satisfacciones que un chico de diecinueve años podía desear, pero ella y su hermano no habían tenido tanta suerte: sus padres ganaban poco más de ochocientos lei cada uno, por lo que no se habían podido permitir más que lo estrictamente necesario.

La casa de Cristina, bastante más pequeña que la mía, tenía las paredes revestidas con una capa de hormigón blanqueada y las puertas y las ventanas de madera. Por supuesto, en su minúscula parcela no había demasiadas plantas y tampoco una piscina.

Aparentemente reinaba la tranquilidad en su hogar, pero sólo aparentemente. Cuando atravesé la puerta, su madre permanecía sentada sobre el sillón del comedor presa de la desolación. Tenía su negro cabello descuidado y sus bonitos ojos azules rodeados por todas partes de un rojo desesperanzador: había estado llorando durante horas, lo que no podía indicar nada bueno.

Avancé por el pasillo, suplicando que lo evidente no hubiera sucedido y entré en la habitación de Cristina para comprobar si se hallaba dentro. Sólo encontré una habitación vacía y algo desordenada, con un secador de pelo sobre la mesita y unas medias marrones sobre los pies de la cama: nadie había tocado nada desde el sábado anterior, lo que confirmó mis más terribles sospechas.

Tras la puerta de la habitación de al lado, un muchacho, que debía ser el hermano pequeño de Cristina, que entonces tenía quince años, sollozaba de forma intermitente, para guardar silencio después. No me atreví a entrar. Ya había visto y oído lo suficiente y resultaba insoportable.

Recorrí el pasillo tan rápido como pude y una vez en el exterior, sin fuerzas para comprobar la suerte que había corrido Jorge, que más que probablemente sería la misma que la nuestra, determiné que alejarme lo máximo posible era la mejor opción en esos momentos.

Necesitaba calma, un lugar donde pudiera encontrarme solo, al menos aquella noche; un lugar donde me sintiera en paz conmigo mismo, que me evocara recuerdos capaces de hacerme olvidar la desesperación de ambas familias… Casi como una aparición vino a mi mente la imagen de un lugar que siempre me había encantado; era el paraje que más me gustaba del mundo donde siempre me sentía feliz, al menos en la otra vida. Sin pensarlo dos veces decidí dirigirme allí en busca de la ansiada tranquilidad.

CAPITULO 4. Peles.

Alina, Emma y yo habíamos quedado el sábado con Adrián, como de costumbre.

Después de que Adrián nos recogiera a las tres, recorriendo una ruta que iba desde mi casa hasta la de Emma, pasando primero por la de Alina, acudimos a la discoteca donde íbamos normalmente los sábados por la noche.

Entonces era un sitio de moda porque ponían buena música y la bebida no era muy cara. Tenía una pista central bastante grande, y unos sillones rojos muy confortables pegados a las paredes laterales con unas cuantas mesas bajas de madera para apoyar los vasos justo delante.

Aquella noche de sábado me resultó mucho más larga de lo habitual, deseaba volver a casa porque habíamos sufrido una de esas infernales semanas de exámenes que agotan a cualquiera. El lunes me resultaba mucho más atractivo, teniendo en cuenta que volveríamos a visitar el castillo Peles, situado en lo alto de una preciosa montaña de Sinaia, en la provincia de Prahova. Para poder disfrutar de su visión, no te queda más remedio que subir por un sinfín de curvas serpenteantes con la respiración casi agotada, rodeado, eso sí, por unos enormes y bellísimos pinos, que casi rozan el cielo. Peles aparece majestuoso ante tus ojos, para reconfortarte en la idea de que todo lo que has tenido que caminar para poder admirarlo, no sólo ha merecido la pena sino que todas tus expectativas han sido superadas con creces. Y lo mejor de todo, es que te sucede lo mismo cada vez que vas. Para una humilde e inexperta opinión como la mía, que nunca había salido de Rumanía, era el lugar más bello y maravilloso del mundo; no sólo por la belleza en sí del Palacio, digno de cualquier mágico cuento de Disney, sino por las increíbles vistas de las que puedes disfrutar cuando paseas a través de sus jardines: mires donde mires, las límpidas montañas más elevadas que puedas imaginar te rodean por todas partes, brindándote un espectáculo incomparable.

Aquel lunes prometía ser maravilloso para mí, pasara lo que pasara durante la visita, porque no podía haber otro lugar en el mundo en el que deseara estar más que en ese centenario castillo neorrenacentista.

Ensimismada en mis pensamientos, con los que colaboraba amablemente la estruendosa música de la discoteca, no había escuchado lo que Adrián me estaba diciendo, y al mirarlo le noté algo enfadado.

―Perdóname ―dije con el tono más creíble que pude―. Estaba pensando en la excursión del lunes.

―Ya sé que te encanta Peles, pero es hora de irnos a casa ―contestó sin demasiado mal humor.

El camino de vuelta se hizo mucho más ameno ya que Emma había conocido a un chico, al parecer muy guapo e interesante, que había captado su absoluto interés esa noche y del que no pudo parar de hablar durante todo el viaje. Aproveché para volver a pensar en la belleza del castillo y en lo maravilloso que iba a resultar para mí el día de la visita, mirando de vez en cuando hacia el asiento trasero, donde estaban sentadas mis amigas, para persuadir a Emma de que le estaba prestando toda mi atención.

A la mañana siguiente, me sorprendió la melodía de mi móvil al que estaba llamando Alina. El entusiasmo por la excursión debería haber sido suficiente para que yo fuera una de las primeras en abrir los ojos aquel lunes, pero el domingo, Emma y yo habíamos hablado por el Messenger de Facebook algo más de lo habitual, debido a su recién estrenado “novio”.

Me levanté con una alegría inusual en mí y elegí la ropa rápidamente para asegurarme de que no perdería el bus escolar esa mañana.

Mientras bajaba las escaleras, mi hermana gritó desde la cocina:

― ¡Cómo se nota que hoy vas a ver el castillo Peles! No has tardado ni quince minutos en prepararte.

No me quedó más remedio que sonreír y aceptar que tenía toda la razón. Desayuné con cierto nerviosismo, obligándome a terminar la taza de cereales. Me abrigué como un esquimal y entré junto a mi hermana en el autobús. Una vez en el instituto, nos recogería un coche más grande para llevar a las dos clases de décimo curso a Peles. Alina y Emma también iban a ir a la excursión pero Adrián no vendría con nosotras.

Cuarenta minutos separaban el instituto donde estudiaba de mi estancia favorita, y el viaje siempre se me hacía tediosamente largo. Aquella mañana tampoco fue diferente, me entretuve viendo el paisaje y vigilando al conductor cada vez que tomaba una curva, como si desde mi asiento fuera capaz de evitar el desastre; además de escuchar a la entusiasmada Emma relatando el contenido de la cascada de mensajes que había recibido de su chico.

Cuando llegamos a la explanada del aparcamiento, repleta ya de autobuses de todos los colores, sonreí inconscientemente a Alina, que me devolvió una mirada de complicidad y dijo:

―Por fin hemos llegado, ya estaba empezando a marearme.

Normalmente necesitaba tomarse una pastilla cada vez que tenía que montar en un coche y recorrer las carreteras que suben a la zona más montañosa de Sinaia. Sin la medicación contra el mareo, Alina podría obligar al conductor a parar en el minúsculo arcén para bajarse a vomitar, algo que resultaba realmente peligroso, y no sólo para ella. Sin embargo esta vez no tenía la cara tan pálida como en otras ocasiones e intuí que no se encontraba del todo mal.

Abandonamos el autobús, cual rebaño de ovejas guiado por el profesor de Arte, y comenzamos la subida al palacio.

Después de un vertical recorrido por un paraje cubierto de un limpio manto blanco, que se me antojó aún más bello de lo que lo recordaba, dejé de centrar mi atención en no resbalar para contemplar en su plenitud el magnífico Peles.

Aquella mañana de invierno, el sol bañaba las níveas cumbres con su dorada calidez, acariciando suavemente cada una de ellas con el mismo cariño y admiración que lo hacía con las ahora blancas torres del palacio.

Aquel día habían ido a visitar Peles varias escuelas distintas, y tuvimos que aguardar con los pies y las manos congelados hasta que nos hubieron organizado en varios turnos de pequeños grupos.

Los guías nos esperaban con su habitual sonrisa de bienvenida, conscientes de la envolvente y hechizante belleza que emanan las paredes de aquel santuario y de la que nadie puede escapar una vez atravesadas sus dos grandes puertas de madera maciza del siglo XIX. Dos hombres jóvenes, uno de ellos con unas gafas algo gruesas y una mujer rubia, más entrada en años, eran los posibles candidatos a acompañarnos durante la visita al interior y a soltarnos su más que aprendida parrafada histórica.

Observados por numerosos caballeros rodeados de escudos y espadas, escuchábamos con escasa atención la extensa letanía del chico de las gafas gruesas:

“Este castillo se comenzó a construir en el año 1873 según los planos del arquitecto alemán Wilhem Doderer, por mandato del entonces príncipe Charles de Hohenzollern-Sigmaringen, que, como ya sabéis, se convertirá posteriormente en Carlos I de Rumanía… Estamos en el primer castillo de Europa que dispuso de luz eléctrica…”

Mientras seguíamos al guía, mis amigas y yo nos entreteníamos debatiendo cuál de las salas del palacio merecía la máxima condecoración en belleza. Entre todas ellas, la sala maura resultaba la más hermosa en opinión de Alina y Emma; pero para mí la sala florentina, de la que cuelgan las lámparas más bonitas de Rumanía, es la que merece, sin duda, el primer puesto.

“Entre 1893 y 1914 el arquitecto checo Karen Limen otorgaría al castillo su característico estilo neorrenacentista, gracias a las numerosas torres puntiagudas y los ornamentos tallados en madera…”

Continuamos por los pasillos y al entrar en la sala de armas, descubrí con sorpresa que el grupo anterior se había demorado en su visita y les habíamos dado alcance. Era un grupo bastante numeroso, de chicos y chicas más o menos de la misma edad que nosotros. Había una chica rubia con el pelo tan largo que casi le llegaba a las rodillas, pero teñido de un color tan artificial que le robaba toda la gracia. Entonces, la melena rubia de la muchacha dejó de centrar mi atención … Junto con el otro grupo, a pocos metros de mí, estaba el chico más impresionante que había visto jamás. Tenía el cabello de un castaño brillante y unos grandes rizos perfectos que caían graciosamente sobre ambos lados de su cara, dejando entrever unos ojos casi dorados, tan hermosos que no parecían de este mundo. No sólo sus ojos, sino todo su escultural cuerpo tenía alrededor un aura de luz que le hacía diferente, maravilloso y extraordinario, como si se tratara de un auténtico ángel… era distinto, muy distinto a cualquier otro chico que hubiera visto jamás. Con toda seguridad superaba el metro ochenta de altura y hubiera jurado que la proporción entre sus hombros y su cintura debía corresponder exactamente a la que Leonardo Da Vinci había determinado en sus notas sobre el hombre de Vitruvio.

Me pareció que él también se había fijado en mí, pero no estaba demasiado segura; las ganas que tenía de que realmente fuera así podrían estar jugándome una mala pasada. Quise darle un codazo a Alina para que no se perdiera aquella increíble visión, pero estaba completamente paralizada, y terminó siendo ella la que tuvo que empujarme hacia delante para que despertara de mi ensoñación. Me volví hacia ella con un disgusto evidente.

― ¿Qué te pasa? El grupo está avanzando ―dijo Alina mirándome sorprendida.

― ¿No le has visto? –contesté―. El chico del pelo rizado que iba con el otro grupo.

―Creo que no ―respondió Alina indiferente―. ¿Por qué, me he perdido algo?

―Te has perdido la mejor visión que tendrás en tu vida.

―Vale, vale, estaré más atenta. Pero date prisa que se va nuestro grupo.

A ver si les alcanzamos otra vez, pensé. Mi adorado palacio había dejado de interesarme; sólo pensaba en acelerar el paso y conseguir salir de allí lo antes posible con la esperanza de localizar el autobús del otro grupo y averiguar, al menos, a qué escuela pertenecía. Necesitaba saber dónde podría volver a verle y conseguir que se percatara de mi existencia de cualquier modo. A cada paso se apoderaba de mí una sensación de desasosiego ¿Y si no podía alcanzar al otro grupo y no conseguía averiguar dónde localizarle?

―Alina, por favor, vamos a salir fuera ya.

―Pero ¿Qué dices? ¿Te encuentras mal? –preguntó preocupada.

Entonces lo vi claro: tenía que decirle a mi profesor que no me encontraba bien, que debía haberme sentado mal el desayuno para lograr que me dejara salir al exterior.

―Sí ―contesté lo más convincentemente que pude, poniendo cara de mareo―. Creo que no me ha sentado bien el desayuno.

― ¿Quieres salir fuera? Se lo diré al profesor. No te preocupes, yo te acompaño.

―Gracias ―respondí esperando que Alina se hubiera olvidado por completo de mi mención sobre aquel chico y no descubriera mis verdaderas intenciones.

―Vamos, ya se lo he dicho ―susurró Alina mientras avanzaba hacia mí con una sonrisa.

―Gracias, de verdad. Pero si quieres quédate a terminar la visita, puedo arreglármelas yo sola ―aseguré.

―No te preocupes, no es la primera vez que vengo. Si luego estás mejor, entramos otra vez.

Abandonamos al resto del grupo mientras Emma nos miraba sorprendida. Había estado chateando por el móvil con su “amigo” y se había perdido toda nuestra conversación anterior.

―Ahora volvemos ―le dije en voz baja.

Al salir fuera recobré cierto color en mi rostro, según me aseguró Alina. Mi estratagema había resultado más creíble de lo que había esperado, porque al parecer me había quedado algo pálida al haber visto al misterioso y maravilloso joven.

Escudriñé con la mirada ansiosa en busca de algún rastro de él, observando con atención a cada uno de los grupos de personas que se encontraban en los jardines exteriores del castillo, sin ningún éxito. Mi desesperanza aumentaba a cada segundo y Alina se dio cuenta de que no estaba precisamente preocupada por mi estómago sino por encontrar de nuevo al chico que había visto dentro.

―Te veo mejor ―dijo con agrio sarcasmo.

―Perdona, pero es que necesitaba ver a dónde iba.

Mi tono debió sonar a verdadera disculpa, porque Alina me sonrió demostrando que no estaba enfadada.

― ¿No le ves? –dijo con cierta diversión.

―No, ayúdame a buscarle, por favor. Necesito hablar con él.

―Pero si yo no le he visto antes ―me recordó.

Eso mermaba mis posibilidades, pero estaba segura de que podría reconocerle en cuanto le viera. No debían haber bajado aún a los autobuses, ya que sólo nos llevaban unos minutos de ventaja en la visita. Tenía que estar por allí, seguro.

Comencé a andar, cada vez a mayor velocidad alrededor de los jardines, fuentes y estatuas del exterior del palacio, pero no conseguía verlo por ninguna parte.

― ¿Tanto te gusta? ―preguntó Alina casi jadeante.

―Tú no le has visto. Si no, no preguntarías eso.

Entonces salió el resto de nuestro grupo y el profesor dio quince minutos para hacerse fotos o ir al baño, y nos citó en el mismo punto a la una y diez, hora límite para mí que se me antojó en exceso inoportuna.

―Voy al baño con Emma ―dijo Alina―. ¿Vienes?

―No puedo, ya sabes ―respondí con ansiedad.

―Vale, ahora volvemos.

Ambas se giraron y me abandonaron a mi suerte.

¿Qué pasaría si no conseguía localizarle? Tenía que aprovechar el tiempo y decidí dar vueltas de nuevo por todas partes, en un último intento desesperado. Estaba dispuesta a hacer todo lo posible, pero conforme avanzaban las agujas del reloj hacia la fatídica hora se iba apoderando de mí el desaliento. No quería rendirme, pero el destino no estaba de mi parte.

Nunca he sido una persona impulsiva, y menos en lo referente al sexo masculino, pero en él había algo distinto, algo que me llamaba poderosamente la atención, algo que no podía ignorar.

Cuando llegó la hora indicada por el profesor, consideré la posibilidad de que estuviera en el área de estacionamiento de autobuses, lo que me hizo recobrar cierta esperanza.

Sin embargo. tampoco iba a tener suerte allí. Cuando por fin llegamos al aparcamiento, después de una bajada que me pareció eterna, los dos únicos autocares que quedaban pertenecían a los dos grupos de mi instituto que habíamos ido a la visita. Mi última opción se había esfumado.

El camino de vuelta en el autobús se convirtió aquel lunes en el más amargo que había tenido jamás; no quedaba ninguna esperanza de volver a verle. Mis amigas fueron comentando anécdotas de la visita, por lo que no se percataron de que no prestaba demasiada atención. No podía borrar de mi mente al chico que acababa ver. Para mi desdicha, lo único que sabía de él era que vivía en algún lugar de Rumanía, quizá no muy lejano. Me resultaba enormemente injusto que, al menos, no hubiera contado con la posibilidad de acercarme a él y preguntarle de dónde venía su grupo, porque para eso sí habría sido valiente; después sólo había que continuar con cualquier excusa la conversación… Al menos habría podido hablar con él, y descubrir lo que me tenía tan irracionalmente atraída. Lo que no era capaz de apreciar a simple vista, pero sí capaz de percibir en mi interior. Sin embargo, todo ello ya no iba a ser posible, no había modo de localizarle, a no ser… sí, todavía me quedaba Facebook.

Al llegar a casa, ansiosa por descubrir si las redes sociales estarían de mi parte, subí las escaleras de dos en dos tan rápido como pude, saludando a mi atónita hermana, que estaba viendo la televisión apalancada en el sofá del salón. Sin quitarme el abrigo ni la bufanda, me arranqué los guantes y me senté frente a mi portátil. Sólo en ese momento, me di cuenta de que no conocía ni siquiera su nombre, lo que iba a dificultar, o más bien impedir, mi investigación. El abatimiento logró apoderarse de mí unos instantes… Abrí el ordenador y conecté Internet; aunque fuese algo estúpido quería intentarlo.

Hubiera podido acotar la búsqueda si hubiera sabido su nombre o su apellido, la ciudad en la que vivía o el instituto en el que estudiaba, pero no tenía la menor idea de ninguno de esos datos, por lo que todo lo que escribiera en el buscador carecería de sentido.

Conjeturé entonces un nombre que estuviera de acuerdo con su belleza, como Ion o Marius, pero todos resultaron ser meras suposiciones que, como era de esperar, no me ayudaron en absoluto a conseguir mi objetivo. Había asumido una actitud irracional muy poco propia de mí, que me invitaba a continuar con una búsqueda imposible a pesar de mis continuos fracasos, imaginando que en alguna de las páginas que obtenía como resultado apareciera, resplandeciente, su foto.

Las redes sociales estaban llenas de nombres y apellidos que desconocía. Era más que absurdo confiar en la casualidad o la suerte, y, aun así, lo hice: confié en mi suerte durante horas, absorta en la idea de que podría hallar algún rastro de él en Internet. No me quité el abrigo hasta que noté demasiado calor y me olvidé por completo de que no había comido.

El tintineo de las llaves de mi madre mientras abría la puerta de mi casa me despertó de mi obcecación para recordarme que no había preparado la cena, y que había descuidado por completo la redacción sobre Peles que nos había encargado el profesor de Arte para el viernes. Al mirar la hora en el ordenador descubrí que eran más de las ocho y media de la tarde. ¡Había pasado más de seis horas frente a la pantalla de mi portátil!

Hábilmente, utilicé de nuevo la excusa que se me había ocurrido durante la visita al palacio y le dije a mi madre que no me encontraba bien desde por la mañana; algo que, por otra parte, tampoco era mentira, y que había estado tumbada toda la tarde. Mis enormes ojeras contribuyeron amablemente a mi coartada.

El hecho de que mi madre viniese aquel día de buen humor, algo que no sucedía con demasiada frecuencia, me ayudó también a librarme de la bronca por no tener la cena preparada todavía.

Creo que aquella noche dormí poco más de dos horas. Soñé todo tipo de estupideces que, frente a todos mis deseos, no tuvieron nada que ver con alguna nueva y maravillosa visión del chico. En mi mente tenía una imagen nítida de él y en mi corazón, un presentimiento extraño de que había aparecido en mi vida por algún poderoso motivo que desconocía, pero que era realmente importante. No pude verle más que estando despierta, así que soñé más despierta que dormida, dispuesta a mantenerlo cerca, al menos, en mi mente.

Al día siguiente no fui capaz de levantarme a tiempo, y mi madre aceptó con desgana que no fuera a clase, convencida de nuevo por la persuasión de mis cada vez más profundas ojeras. Agradecí poder dormir un poco y que mi hermana se marchara sola al instituto. Sin embargo, aquel día no fue mucho mejor que el anterior: la silenciosa soledad de mi habitación, que me resultaba placentera normalmente, se me hizo más pesada de lo que había imaginado y no me gustó nada tener que pasar tantas horas sola. Al final tuve que conformarme con buscar en Internet cosas que me mantuvieran entretenida y con enviar algún mensaje a mis amigas para decirles que mi estado de salud no había mejorado todavía.

Mi hermana regresó de clase empapada casi hasta la rodilla, maldiciendo la nieve, el frío y la entrada de nuestra casa. En su compañía la tarde se hizo más amena. Llegó la hora de cenar y de acostarse sin apenas darme cuenta.

Por la noche regresaron las estúpidas pesadillas a mi cerebro, pero al menos, aquella noche sí que pude verle en mis sueños: corría detrás de él, a través de los pasillos de Peles, gritando todo lo que me resultaba posible, pero mis pies parecían tan pesados que nunca lograba alcanzarle; después desaparecía y no conseguía encontrarle por ninguna parte. Me despertaba sudando y descubría cómo mis peores pesadillas se habían hecho realidad en aquella fatídica excursión. No volvería a verle nunca, sin embargo, no podía dejar de pensar en él día y noche.  ¿Por qué el destino había querido que le viera? ¿Por qué estaba tan afectada por un desconocido? ¿Por qué tenía esa aura de luz tan especial? ¿Por qué lo había visto sólo yo? ¿Por qué no podía verle, al menos una vez más, y despejar las dudas que me estaban atormentando?

El resto de la semana transcurrió del mismo modo, en una confusión de pesadillas nocturnas y diurnas que me impedían descansar. El jueves, por fin, logré dormir a ratos, convenciéndome a mí misma de que continuar con aquello era más que absurdo, y que faltar durante tantos días a clase no era lo más conveniente en época de exámenes.

 

Si te ha gustado la historia y quieres seguir leyendo, puedes adquirir el libro aquí